Durante la infancia también se observa y se palpita y se sueña el erotismo. No es
una realidad de la vida que solo se siente su llamarada y que se desea y se ansía
de adultos. El erotismo, al igual que el amor, también se manifiesta en nuestros
años infantiles. En unos niños será con más intensidad que en otros, no sé si es
algo que no lo sientan o no lo perciban algunas personas a tan temprana edad;
el caso es que yo voy a contar mi experiencia personal en torno a esta pasión humana.
Mi sensación de erotismo o de atracción sexual no me vino en torno a una persona
en concreto. Aunque yo de niño conocí mujeres hermosas y atrayentes que me hacían
palpitar de forma diferente que en un estado normal, yo la sensación de lascivia no
la experimenté en mis sueños o fantasías nocturnas sobre una mujer en especial.
Las aventuras lujuriosas a las que me llevaba mi mente infantil eran de lo más
espectaculares, sorprendentes y desenfrenadas, a veces de lo más salvajes que se
pueda imaginar; la cosa yo creo que se pasaba de rosca siendo yo un niño de tan
solo seis o siete años de edad. La fantasía erótica que mejor recuerdo es que yo me
encontraba en una habitación muy grande, en la que no había camas ni nada. Tan
solo un gigantesco colchón que ocupaba toda la habitación, que, como digo, en mis
sueños era muy grande. Y en tan espacioso lugar yo me veía gozando de los placeres
más desmadrados y exagerados con un montón de mujeres: yo disfrutaba de auténticas
orgias con una cantidad numerosa de hembras, todas adultas, porque yo me situaba
como el niño que era en aquella época, no me imaginaba siendo un hombre y aquello
era para mí como el mundo más maravilloso que pueda existir, porque, además,
todas las mujeres que me representaban mis fantasías sexuales y con las que yo
vibraba a lo grande eran impresionantes, exuberantes, vamos, auténticas bellezas
de las que tan pocas hay y que parecía que las mejores fueran las que yo tenía para
mí durante aquellas noches.
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