Mis encuentros relajantes y placenteros en las bibliotecas arrancan desde que la
llamada de la creatividad literaria surgió para fortuna de mi vida. Anteriormente,
eran muy pocas las veces que había estado en bibliotecas, porque leía muy poco;
hasta que brotó en mi realidad la ilusión y el sueño inmenso por la literatura, por
querer ser escritor, y a partir de entonces llegó todo este mundo fascinante y hermoso
de la cultura. Y todo para mí ya giraba en torno a los libros y las enciclopedias: leer,
estudiar, y por supuesto, escribir. Pero resulta curioso que al principio de mi carrera
literaria no lo hice, pero pasados unos pocos años, cogí la costumbre de irme a escribir
a las bibliotecas; es más, solía hacerlo allí casi siempre, no concebía otro lugar más
apropiado para trabajar que en estos centros. Con los años, esta aventura de escribir
en las bibliotecas se esfumó de mi vida y dejé de hacerlo hasta hoy; pero aquello lo
recuerdo como algo atrayente y estimulante y siempre me encontré muy a gusto
creando en estos maravillosos lugares donde realicé una parte importante de mi
obra literaria.
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