Hay personas que despiertan admiración y estar con ellas ofrece sensación de
gozo y bienestar y con las que uno se anima a compartir ratos y vivencias en
cualquier momento. Con gente así merece la pena relacionarse porque poseen
ese placentero interés por lo que hacen los demás y creen que en ese contacto
aprenden y se nutren, confían que así pueden saber más y adquirir muchos
conocimientos. Porque se dan casos muy curiosos y dignos de encomio, de que
escritores y artistas que han llegado a lo más alto en la vida, cuya consagración
es absoluta en el mundo del arte o del intelecto y que muestran interés y fascinación
por lo que hacen los demás y observan con generosidad cómo evolucionan las obras
de los creadores más jóvenes. Son talentos que se abren a los otros y que no desean
aislarse en su burbuja y pensar que ellos son el centro de todo y quedarse nada más
que con el orgullo de lo que han hecho y echan una mirada de prepotencia hacia
lo que hacen los demás. Hay muchos, demasiados, artistas consagrados que, al haber
alcanzado el olimpo, no les llama la atención lo que hagan los otros y que se encierran
en su tonta vanidad. No quieren valorar o escuchar las aportación de los compañeros
de oficio, cuando puede ser que el mejor aprendizaje --y no creerse uno en su arrogancia
de que lo sabe todo-- esté en los diálogos y en la diversión de verse mezclado y
comunicado con todos los colegas que viven y sienten la misma pasión. Yo creo que
estos talentos que no se quedan encerrados en su propio mundo y que manifiestan
atracción y curiosidad por las creaciones ajenas, los que están sin prejuicios y se
abren a los demás, los que se enamoran y se asombran de los genios nuevos que
florecen en el mundo del arte y de la cultura y los siguen y los apoyan y los aplauden,
esas son unas personas que merecen la pena totalmente y que hacen de su vida un
tesoro dentro de este oscuro y decepcionante camino de la vida.
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