Aquel día de otoño gris fue para nosotros
algo mágico, muy dulce y de ensueño.
Paseamos por la alameda de blancos álamos,
bordeando las avenidas y también el río,
purificamos nuestros corazones sedientos
con el más celeste amor que nació en nosotros.
Ese día otoñal fue lo mejor de nuestras vidas,
supimos lo que era la joya del amor,
de nuestro sentimiento que sigue vivo
y más puro y floreciente que nunca.
Los sueños y las ilusiones se disparan
en nuestras almas y en nuestro espíritu
y el duende se extiende, se dilata
y fluye y se dulcifica en nosotros,
ese duende de los álamos blancos
que corre en nuestras entrañas y en todo
nuestro mundo como un enorme universo.
El día de otoño, las alamedas,
el gris del cielo húmedo y el amor,
nuestro sólido y grandioso y fértil
horizonte de pasiones que vino
y que se quedará para siempre con el recuerdo
de la estación, de los árboles y la lluvia.
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