Cuando eres joven, una frustración por un amor no correspondido nos puede
angustiar, amargarnos y sumirnos en una depresión. Pasa la vida, el deseo se va
calmando, el sentimiento de querer se ve de otra manera y la llama ardiente de nuestra
juventud desaparece. Siendo más maduros, el amor es más relajante y apenas nos hace
daño. La vida nos ha cambiado y el amor ya no es el mismo, ya las pasiones son
diferentes pero el amor como realidad universal del ser humano prevalece siempre.
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