Cuando uno ha vivido ya muchos años, como es mi caso, asaltan los recuerdos de los
amigos que se perdieron para siempre. Yo a estas personas que estuvieron muy
presentes en mi vida, unos más, otros menos, pero todas muy importantes en mi
realidad de entonces, las rememoro en positivo en cuanto a que enriquecieron y
aportaron valores y vivencias que en mí ya quedan para siempre. Fueron grandes
amigos en aquellos tiempos ya lejanos, pero aunque quiso el destino --y quisieron
ellos-- que toda la fraternal relación que teníamos de mucho tiempo se fuera al
garete para todos los restos, siempre dejan huella y una memoria especial. No fueron
personas comunes, unos conocidos cualquiera, amigos de trámite o de tránsito,
fueron seres muy apreciados y estimados, con los que cultivé la amistad y el afecto
y el apoyo y el compañerismo, etc. Y en algunos casos la relación duró toda una vida,
y, aunque en otros no fuera tan dilatada, el tiempo que estuvimos hermanados fue
muy intenso y de una solidez total. En este ensayo no me voy a referir a algunos
grandes, muy grandes, amigos que perdí a causa de la muerte. La muerte me los
arrancó de mi vida pero en este caso han sido muy pocos. Los colegas perdidos han
sido. en su mayoría, porque ellos un buen día quisieron dejar de serlo. Sin motivos,
sin razones algunas. nunca hubo peleas ni el más mínimo mal rollo. En otros casos,
por insignificancias o nimiedades de lo más absurdas o irracionales, que es
impropio de personas de la talla de ellos, al menos del talante estupendo y genial
que habían una y otra vez demostrado conmigo. Pero son paradojas que tiene la
vida, son realidades incomprensibles que por más vueltas que le dé uno, no acertará
a explicarse nunca. El ser humano es muy complicado, muy contradictorio, muy
misterioso... y también muy miserable e injusto.
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