Hace ya muchos años conocí a un profesor de la Universidad de Sevilla. Su especialidad
era la Lengua Española, daba clases de gramática de nuestro idioma en la Facultad
de Filología de la Hispalense, cuya sede principal está en la antigua fábrica de tabacos,
como muchas personas saben. Pero este docente tenía la particularidad de que era
nada menos que traductor del japonés, había vivido en su juventud en el país nipón
y su tesis doctoral titulada "El haiku japonés" apareció publicada en la editorial
madrileña Hiperión hace ya muchos años. Este docente y yo tuvimos bastantes
encuentros, unas veces en tertulias y reuniones literarias, otras en la universidad
y otras en las que coincidíamos por las calles de Sevilla. Fue en uno de los encuentros
literarios de la antigua librería de viejo El Desván cuando una vez me dijo muy
entusiasmado: "Yo lo que observo en ti es el deseo por aprender que tienes". Este
profesor sabía bastante de mi vida, entre otras cosas. que yo no había estudiado
ninguna carrera y que era autodidacto. Y sabía también que ni siquiera tenía el
título de bachillerato. Pero el que yo no hubiera pasado por la universidad y que
me quedará colgado en el instituto sin terminar la enseñanza media no era en él
motivo para reconocer mi afán y mis inquietudes por querer adquirir conocimientos
y andar por todas partes con ansias de saber y de aprender, aparte de mi faceta
creativa, que era muy fecunda y no paraba de escribir y de desarrollar una carrera
literaria que crecía imparable. Yo pienso como Francisco Umbral, que decía: "Aquí
hay que producir por cojones". En efecto, siempre, desde que brotó este maravilloso
mundo literario en mi vida a los 17 años, he estado enganchado a la escritura y a la
lectura y al estudio. Y así voy a seguir siempre mientras Dios quiera, porque la
pasión por la cultura y el mundo del intelecto está arraigada fuertemente en las
entrañas de mi mente fértil e imaginativa y yo mientras viva nunca lo quiero dejar.
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