Hace muchos años leí un artículo en un periódico sevillano en el que un escritor se
sentía tremendamente decepcionado porque no había conseguido hacer ni la mitad
de cosas que se propuso hacer cuando era joven. Este autor sentía malestar y
frustración porque su vida presente no era como le hubiera gustado que fuera
durante su pasado. Y esto le desagradaba e incluso lo detestaba. En su primera
juventud se imaginaba que iba a ser en el futuro el centro del mundo porque iba a
conseguir todo lo que quería. Define la juventud como narcisista, testaruda y
egocéntrica. A raíz de todas estas manifestaciones de este autor, yo pienso que esto
sucede mucho en los literatos y en los artistas en general, en todas las personas
que se esfuerzan y dedican su vida a la creación, porque creen que lo que hacen
es muy valioso y meritorio y debe ser reconocido y aplaudido y encumbrado
cuanto más alto mejor. Es cierto que esto ocurre mucho más en nuestros años de
juventud; el narcisismo y el egocentrismo son a veces exagerados, las ambiciones
y los sueños de gloria se disparan en nuestra fantasía y no para uno de ilusionarse
y de querer comérselo todo y ser el centro del mundo, como dice este periodista.
Confieso que a mí esto me pasó también siendo muy joven, cuando comencé a
escribir a los diecisiete años, porque además esto es una realidad que se repite en
casi todos los artistas, es un mismo esquema para la mayoría y a prácticamente
todos nos sucede lo mismo. Pero no exactamente lo viven o lo sienten o lo padecen
todos igual. A mí, como decía, me ocurrió, pero solo en un principio. Yo atravesaba
una fase eufórica, motivada, por un lado, por la alegría tan enorme que para mí
supuso hacerme escritor, y por otro, por un trastorno de mi enfermedad psíquica,
o sea, por la bipolaridad o patología maníaco-depresiva que padecía, pues ya a
los trece años caí en la desgracia con este problema de salud. Pero pasó el tiempo
y toda esta euforia y locura de ambiciones y de sueños de gloria se fueron disipando
y yo fui llevando una vida más normal. Y también tuve una fase depresiva que
supuso todo lo contrario: yo no aspiraba a nada ni valía para casi nada y no iba a
conseguir nunca nada porque le quité casi todo el valor a lo que había hecho en
años anteriores. Una vez recuperado y estabilizado de mi enfermedad, yo siempre
escribí, trabajé duro y moví mi obra por todas partes en el intento de que no
quedara muerta para siempre en los cajones de mi habitación. Y nunca obtuve
reconocimiento a lo largo de varias décadas. Pero llegó un momento en el que
conviví con el fracaso estupendamente, porque me daba igual y no me afectaba
lo más mínimo. El fracaso para mí era una rutina a la que me acostumbré de tal
manera que me hacía pasar de todo y no me frustraba ni me producía la más
mínima sensación de malestar o desencanto. Yo no me sentía quemado por nada
que tuviera que ver con mi carrera literaria en este plano tan negativo, porque
fracasaba en todo y yo seguí para adelante. Existía el tema vocacional y el sentirme
satisfecho con mucho de lo que escribía y gozar de que lo hacía bien y que veía
luz en mis creaciones era muy importante para mí y con eso me conformaba, con
eso era más que suficiente. No obstante, si mis obras las veía de calidad, había que
intentar sacarlas para adelante y yo me fui auto publicando y sentía año tras año
la satisfacción de verme con mis libros publicados, aunque fueran ediciones de muy
corta tirada. Yo no me he frustrado ni me he disgustado por nada de mi mundo
literario desde hace muchísimos años, pero he seguido siempre trabajando y no he
tirado la toalla, salvo. eso sí, varios años de escasísima creatividad, en los que no
publicaba ni hacía nada por mi obra que me quedaba inédita, que además era muy
copiosa. Y han sido, como decía, muchísimos años en los que yo he convivido con el
fracaso como si no existiera en mi vida, porque me ha dado igual y en todo momento
si me tocó perder y nunca tuve la más mínima suerte, pensé que lo mejor era ser
un buen perdedor y aceptarlo con dignidad y con humildad. Y no detestandolo y
vivir hecho una mierda por no haber logrado ser el centro del mundo y no haber
conseguido todo lo que uno quiere, como este escritor y periodista expresaba con
toda la angustia o el malestar o la decepción del universo. Todos los artistas no somos
iguales, no tenemos la misma actitud. Yo es cierto que la tuve, pero solo en un
principio, pero este hombre parece que la arrastra toda su vida y que la va a
padecer hasta que se muera. Pero yo a esto hoy en día no le veo importancia, porque
sentir una egolatría y unas ambiciones por triunfar en el mundo del arte está dentro
de lo común: se escribe o se pinta o se compone música con el objetivo de que sea
reconocido y que llegue a la sociedad, eso es obvio, está clarísimo, solo que creo que
no hay que experimentarlo con tantos excesos, pues las exageraciones al final no
conducen a nada positivo y en el caso de este literato, por soñar tanta gloria, el
resultado es un varapalo fuerte y hundirse y podrirse de disgustos que no merecen
la pena. Lo que realmente es más negativo y perverso es cuando este intelectual
afirma lo siguiente: "Por mucho que le desagrade, uno sabe que es mezquino.
envidioso, rastrero y cobarde". Autocalificarse de esa manera y reconocerlo
públicamente a través de la prensa, yo opino que es muy fuerte y lamentable.
Porque uno no sea el mejor o de los mejores en esta actividad literaria en la que
se ha propuesto destacar, no tiene por qué ser un envidioso feroz y envenenarse
porque otros autores estén muy por encima de él. Uno no tiene por qué sentirse
miserable por no haber llegado más alto en el escalafón literario, por no ser
alguien en el mundo de la cultura con mucho más prestigio y favor de los
lectores. Yo pienso que cada cual hace lo que puede, como mejor lo sabe hacer
y si no alcanza una meta elevada no pasa absolutamente nada y no tiene por
qué pensar que es un mezquino o un rastrero. Solemne estupidez. Y si le
añadimos a esto reconocerse cobarde y envidioso por estos temas, pues la
cosa ya alcanza una desproporción y un absurdo y un desquiciamiento de lo más
increíble. La creación literaria debe medirse, creo yo, como satisfacción personal;
mirar siempre el terreno vocacional, hacerlo también como desahogo, como
terapéutica, como entretenimiento,, como relax, buscando sensación de bienestar
y gozo por tus escritos cuando los ves acertados y que han quedado como tú
aspirabas. Todo esto habría que tenerlo también en cuenta y dejarse de tanta
gloria infinita universal y la posterior depresión si no se consigue, dejar de
considerarse un mezquino por no ser el mejor, no creerse un rastrero o un cobarde,
a qué viene eso? El no destacar como ambiciones es para tanto? Y lo que es peor de
todo, lo más grave y estúpido y canalla, que es declararse como un envidioso,
envidiar a lo bestia y a lo salvaje a todos los escritores que hayan alcanzado
popularidad y prestigio y sentirse hecho una mierda por no verse en esa situación
tan maravillosa en la que están esos otros literatos con más talento. Cada uno debe
hacer lo que pueda y a donde llegue, pues ahí se queda y no pasa nada, Y el que
más pueda que se lleve el gato al agua y al que Dios se lo dé, San Pedro se la
bendiga. Pero nada de tantas envidias, que eso es un pecado canallesco que aquí
en España parece que alcanza todos los récords de participación y sus niveles de
intensidad son elevadísimos. Y entre los literatos y los artistas, mil veces peor, en
estos gremios la envidia adquiere más grandeza que todo el infinito universo.