sábado, 27 de junio de 2026

UNA AMISTAD VERDADERA

Hay personas excepcionales que dejan una grata y maravillosa y entrañable 

y feliz huella para siempre. Hay seres extraordinarios como fue mi gran amigo

José Luis del Castillo, cuya relación fue siempre fraternal, intensísima, de un

aprecio y una estima y un respeto y una admiración del uno hacia el otro como

yo creo que nunca se ha dado en las relaciones humanas y si se han dado algunos 

otros casos a lo largo de la historia, habrán sido muy pocos, se contarán con los

dedos de la mano. Con José Luis hubo muy escasas discusiones y malos rollos

jamás. José Luis derrochaba simpatía y sentido del humor con los demás, carisma

y alegría, que manifestaba con mucha frecuencia: era la bondad y la santidad

personificadas. De hecho, yo en un ensayo que escribí titulado: "Los santos:

personas extraordinarias",  digo de él que tenía muchas actitudes propias de

los santos. José Luis no será nunca beatificado ni canonizado, pero pasó por la

vida dejando una huella similar a la de esas grandes personas que sí lo fueron.

Muy religioso. muy creyente, muy amante de Dios. de la Virgen y de todos los

santos por encima de todo en la vida, vivió entregado a la fe y a las Iglesias, que 

no dejaba de visitar casi a diario, todo lo que podia, porque para él el Señor era

antes que todo y siempre lo tuvo presente en su vida. Una vida cristiana a la que 

supo sacarle rendimiento siempre, porque fue querido y admirado por todo el

mundo, no solía tener broncas o malos rollos con nadie. Y si en algo o con alguien

cometiia algún error o falta, enseguida iba a la Iglesia y se confesaba y pedía 

perdón por esa actitud o detalle que hubiera tenido feo. Pero qué pocos casos

o situaciones se dieron así en la vida de José Luis del Castillo, una vida ejemplar 

como pocas se han dado en este mundo. José Luis no paraba de decirle a sus amigos,

como era mi caso, a las personas más cercanas en su vida: "cualquier cosa para lo

que me necesites, llámame y cuenta conmigo". Y así fue, lo decía y lo cumplía.

Y conmigo lo hizo a rajatabla las dos veces que lo necesité, porque como yo por

entonces estaba solo, cuando me vi en dos situaciones que me hacía falta ayuda, lo

llamé y este gran amigo, al pie del cañón, estuvo para apoyarme y echarme una

mano. José Luis le tenía mucho rechazo a la lluvia, los aguaceros los llevaba

muy mal y no solía salir a la calle los días de mal tiempo. Cuando yo una vez me

vi con una gastroenteritis y necesitaba bebida de Aquarius para aliviarme, resulta 

que esa tarde estaba diluviando, una lluvia de estas violentas que te dejan hecho 

una mierda, pues al llamar a José Luis no se lo pensó y cogió el impermeable y el

paraguas y se echó a la calle con la que estaba cayendo y me compró las bebidas 

y me las trajo a mí casa y cuando le dije que se las iba a pagar, no me dejó que lo

hiciera y estuvo acompañándome varias horas en mi hogar a ver si se me pasaba

el malestar y haciéndome la tarde-noche agradable y feliz. En otra ocasión, estando

yo en la consulta de una psiquiatra, comenzó a darme un ataque de ansiedad y a la

vuelta, en mi casa, me seguía afectando y no mejoraba. Entonces llamé a José Luis

y le dije que me tenía que ir a urgencias al hospital y que si me podía acompañar. 

No lo dudó y se vino para mí casa y nos fuimos para el hospital y estuvimos allí 

mucho tiempo, lo menos dos horas y él allí dándome ánimos y haciéndome la

situación lo más agradable que pudo. José Luis del Castillo, enfermo de epilepsia,

al que los médicos no le daban en la época ni veinte años de vida, por las crisis

tan graves que le afectaban, pues tuvo hasta quince ataques epilépticos en un día,

me insistía una y otra vez que en todo lo que me necesitara que lo llamara,

--esto ya he contado que se lo decía a muchas personas--. Siempre en su afán de

ayudar a los demás y auxiliar al amigo que lo necesitara. Y yo le decía: "José Luis,

estás tú más para que te ayuden a ti". Yo. igualmente, me volqué siempre en ayudarlo

 y protegerlo y mirar por él y corresponderle en todo: los dos estuvimos hermanados,

entregados totalmente en amistad y estima inmensa. Para mí lo fue todo: un padre,

un hermano, un amiga, todo. A mí sobrina Paula le vino un cáncer de huesos y 

estuvo al borde de la muerte. A José Luis del Castillo que pasara una cosa así y más 

a un familiar mío lo estremeció, lo dejó conmocionado: "Pero, Martín, esto no puede

ser, que me muera yo que ya he vivido, pero. por Dios, que a una criatura con 13

años que le ocurra algo así... y se atormentaba de dolor y de rabia y de impotencia".

Cuando Paula salió de tan angustiosa situación y fue dada de alta, no dejó nunca

de preguntarme cómo estaba y cómo evolucionaba y cómo iban las revisiones

que se hacía periódicamente. Y siempre se hartó de rezar y de pedir por ella. Una

faceta de José Luis era su cariño y simpatía hacia las mujeres. Y su amor y pasión 

por ellas, pero siempre con el máximo respeto. Y tuvo de toda la vida la costumbre 

de decirles piropos y cosas hermosas que les pudieran agradar. Pero lo hacía no

solo verbalmente, sino también por escrito, porque una labor muy destacada de

él es que era un poeta, pero de los muy buenos y se empleaba en escribirle versos

a las mujeres que le mostraran una actitud de cariño o afecto. José Luis le decía 

cosas muy lindas a todas, hablado o por escrito, como he dicho. pero jamás fuera

de tono, lo hacía de una manera fina y elegante, totalmente respetuosa. Cuento

un ejemplo, muy curioso y sorprendente que sucedió. José Luis conoció a una chica

que trabajaba en una librería. Y ambos simpatizaron mucho. Pues ni corto ni

perezoso, dado el entusiasmo que cogió por. está mujer, le compuso de treinta a

cuarenta poesías dedicadas a ella, expresándole todo su encanto y ternura con

todo el arte poético que le caracterizaba. Qué poeta ha hecho eso por una mujer

que la haya tratado pocas veces? José Luis., ante todo, era una persona humilde

y sencilla, que a pesar de ser un excelente lírico y muy fecundo. --su obra completa 

daría para más de 100 poemarios-- decía que lo que él escribía no era gran cosa, 

le quitaba mucho valor a su enorme talento, porque no quería presumir de nada

y en su personalidad la vanidad, la soberbia o la prepotencia no existían. José Luis

del Castillo Martínez fue fiel a mi amistad hasta el último momento, Un día antes

de caer enfermo y perder la cabeza y quedar en una silla de ruedas y pasar a una

residencia de dependientes, me llamó por teléfono con mucho entusiasmo y deseos

de hablar conmigo y nos llevamos más de una hora de entrañable diálogo. Al día 

siguiente, fui a visitarlo a la residencia y quiso invitarme a comer en el comedor 

restaurante de este centro de la tercera edad, como tantas y tantas otras veces lo

había hecho a lo largo de nuestra dilatada amistad de más de veinte años. Y José 

Luis cayó del todo y estuvo unos ocho meses acabado, enterrado en vida. sin

apenas conocerme. Después de esta agonía cruel que le tocó sufrir, José Luis

del Castillo Martínez, una persona excepcional, como pocas habrá dado el mundo,

descansó en la paz del Señor el día 18-12-2018. In memoriam.

EL TALENTO NO SE PREMIA EN ESPAÑA

 Ramón del Valle-Inclán dijo la siguiente frase: "En España el mérito no se premia. Se

premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo."  Lleva 

mucha razón el gallego universal en esas palabras, aunque algo yo quiero matizar

sobre esta realidad injusta que sucedía en tiempos de don Ramón y que, por desgracia,

está vigente y sigue más de moda que nunca en la actualidad hispana. En España,

obviamente, y me voy a centrar únicamente en lo concerniente a la literatura, 

también se premian y se reconocen obras valiosas y de gran importancia y mérito 

para la cultura. Pero es curioso lo que dijo una periodista en un programa de

televisión hace muchos años: "En España, lo bueno tarda mucho más en llegar".

Esto es cierto también, pues se saca a la palestra primero todo lo malo, todos los

libros flojos o infumables, y en cambio, con las obras de interés o inteligentes,

de belleza y calidad, que son lo que hay que reconocer pronto, ocurre todo lo

contrario: suelen tardar mucho en llegar, les dan de lado y las vetan y las arrinconan.

Y la abundante morralla parece que tiene prioridad para ser premiada y publicada

y aplaudida por la crítica y por todo el aparato de la cultura. Otra cosa son los

lectores, la sociedad no suele dejar tan fácil que le den gato por liebre y normalmente 

no le hacen caso y no se gastan el dinero en adquirir estos productos que sacan 

a la venta y que se quedan bien parados y quietos en las librerías con destino a

ninguna parte. El escritor y periodista José María Carrascal hizo un impactante 

comentario sobre esta realidad en televisión hace ya también mucho tiempo: "En este 

país cuando aparece un verdadero genio, se le apunta con la pistola y se le dispara,

mientras no deja de valorarse y reconocerse la abundante mediocridad". Otra 

verdad como un templo de Carrascal que está en sintonía con las que he puesto

anteriormente. Jonathan Swift, el célebre escritor irlandés, autor de la inmortal 

novela "Los viajes de Gulliver", dijo otra frase en consonancia con todo esto: "Cuando

en el mundo aparece un verdadero genio, puede reconocersele por este signo: todos

los necios se conjuran contra él". Está en singular, pero sin lugar a dudas es plural:

son una buena serie de ellos, no es uno solo el genio humillado, los que soportan la

asfixia y el desprecio hacia sus libros y escritos geniales y talentosos, por parte de

este aluvión de incompetentes y mafiosos que mueven la política editorial y los 

premios literarios. Los necios abundan tanto en el mundo de la cultura que el daño

que hacen a algunos artífices del arte maravilloso es una auténtica canallada y una

pasada de lo más miserable y corrupta. Arturo Pérez-Reverte también aporta sobre 

este tema lo, siguiente: "Hay magníficos escritores con mala suerte y otros mediocres 

a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado y los que no".

En efecto, grandes sabios de la literatura no encuentran la suerte y se lo echan todo

para atrás inexorablemente, inapelablemente; no les dan opciones para que sus

prometedoras y valiosas aportaciones a la cultura se publiquen en su momento 

y sus libros se queden estancados y sin ver la luz de la edición y del reconocimiento 

muchos años, demasiados. Y lo que es el drama más cruel: que no consigan nunca

el tan merecidísimo reconocimiento y se mueran sin llevarse una satisfacción y una 

alegría en condiciones, y si se la dan, que esto sea cuando el literato está ya muy viejo

y le sirva de poco o nada. Antonio Muñoz Molina declaró lo siguiente: "En un acto de

humildad digo que hay escritores con mucho talento que nunca van a conseguir lo

que yo y otros lo que logren no va a ser tanto. Y son autores con un gran talento".


viernes, 26 de junio de 2026

HAY QUE SABER PERDER

Hace muchos años leí un artículo en un periódico sevillano en el que un escritor se

sentía tremendamente decepcionado porque no había conseguido hacer ni la mitad 

de cosas que se propuso hacer cuando era joven. Este autor sentía malestar y

frustración porque su vida presente no era como le hubiera gustado que fuera

durante su pasado. Y esto le desagradaba e incluso lo detestaba. En su primera 

juventud se imaginaba que iba a ser en el futuro el centro del mundo porque iba a

conseguir todo lo que quería. Define la juventud como narcisista, testaruda y 

egocéntrica. A raíz de todas estas manifestaciones de este autor, yo pienso que esto

sucede mucho en los literatos y en los artistas en general, en todas las personas 

que se esfuerzan y dedican su vida a la creación, porque creen que lo que hacen

es muy valioso y meritorio y debe ser reconocido y aplaudido y encumbrado 

cuanto más alto mejor. Es cierto que esto ocurre mucho más en nuestros años de

juventud; el narcisismo y el egocentrismo son a veces exagerados, las ambiciones 

y los sueños de gloria se disparan en nuestra fantasía y no para uno de ilusionarse

y de querer comérselo todo y ser el centro del mundo, como dice este periodista.

Confieso que a mí esto me pasó también siendo muy joven, cuando comencé a

escribir a los diecisiete años, porque además esto es una realidad que se repite en

casi todos los artistas, es un mismo esquema para la mayoría y a prácticamente 

todos nos sucede lo mismo. Pero no exactamente lo viven o lo sienten o lo padecen

todos igual. A mí, como decía, me ocurrió, pero solo en un principio. Yo atravesaba

una fase eufórica, motivada, por un lado, por la alegría tan enorme que para mí 

supuso hacerme escritor, y por otro, por un trastorno de mi enfermedad psíquica, 

o sea, por la bipolaridad o patología maníaco-depresiva que padecía, pues ya a

los trece años caí en la desgracia con este problema de salud. Pero pasó el tiempo

y toda esta euforia y locura de ambiciones y de sueños de gloria se fueron disipando

y yo fui llevando una vida más normal. Y también tuve una fase depresiva que 

supuso todo lo contrario: yo no aspiraba a nada ni valía para casi nada y no iba a

conseguir nunca nada porque le quité casi todo el valor a lo que había hecho en

años anteriores. Una vez recuperado y estabilizado de mi enfermedad, yo siempre 

escribí, trabajé duro y moví mi obra por todas partes en el intento de que no 

quedara muerta para siempre en los cajones de mi habitación. Y nunca obtuve

reconocimiento a lo largo de varias décadas. Pero llegó un momento en el que 

conviví con el fracaso estupendamente, porque me daba igual y no me afectaba

lo más mínimo. El fracaso para mí era una rutina a la que me acostumbré de tal

manera que me hacía pasar de todo y no me frustraba ni me producía la más 

mínima sensación de malestar o desencanto. Yo no me sentía quemado por nada

que tuviera que ver con mi carrera literaria en este plano tan negativo, porque 

fracasaba en todo y yo seguí para adelante. Existía el tema vocacional y el sentirme

satisfecho con mucho de lo que escribía y gozar de que lo hacía bien y que veía 

luz en mis creaciones era muy importante para mí y con eso me conformaba, con

eso era más que suficiente. No obstante, si mis obras las veía de calidad, había que 

intentar sacarlas para adelante y yo me fui auto publicando y sentía año tras año 

la satisfacción de verme con mis libros publicados, aunque fueran ediciones de muy

corta tirada. Yo no me he frustrado ni me he disgustado por nada de mi mundo 

literario desde hace muchísimos años, pero he seguido siempre trabajando y no he

tirado la toalla, salvo. eso sí, varios años de escasísima creatividad, en los que no

publicaba ni hacía nada por mi obra que me quedaba inédita, que además era muy

copiosa. Y han sido, como decía, muchísimos años en los que yo he convivido con el

fracaso como si no existiera en mi vida, porque me ha dado igual y en todo momento 

si me tocó perder y nunca tuve la más mínima suerte, pensé que lo mejor era ser

un buen perdedor y aceptarlo con dignidad y con humildad. Y no detestandolo y 

vivir hecho una mierda por no haber logrado ser el centro del mundo y no haber

conseguido todo lo que uno quiere, como este escritor y periodista expresaba con

toda la angustia o el malestar o la decepción del universo. Todos los artistas no somos

iguales, no tenemos la misma actitud. Yo es cierto que la tuve, pero solo en un 

principio, pero este hombre parece que la arrastra toda su vida y que la va a 

padecer hasta que se muera. Pero yo a esto hoy en día no le veo importancia, porque 

sentir una egolatría y unas ambiciones por triunfar en el mundo del arte está dentro 

de lo común: se escribe o se pinta o se compone música con el objetivo de que sea

reconocido y que llegue a la sociedad, eso es obvio, está clarísimo, solo que creo que 

no hay que experimentarlo con tantos excesos, pues las exageraciones al final no

conducen a nada positivo y en el caso de este literato, por soñar tanta gloria, el 

resultado es un varapalo fuerte y hundirse y podrirse de disgustos que no merecen

la pena. Lo que realmente es más negativo y perverso es cuando este intelectual 

afirma lo siguiente: "Por mucho que le desagrade, uno sabe que es mezquino. 

envidioso, rastrero y cobarde". Autocalificarse de esa manera y reconocerlo 

públicamente a través de la prensa, yo opino que es muy fuerte y lamentable.

Porque uno no sea el mejor o de los mejores en esta actividad literaria en la que 

se ha propuesto destacar, no tiene por qué ser un envidioso feroz y envenenarse

porque otros autores estén muy por encima de él. Uno no tiene por qué sentirse

miserable por no haber llegado más alto en el escalafón literario, por no ser 

alguien en el mundo de la cultura con mucho más prestigio y favor de los

lectores. Yo pienso que cada cual hace lo que puede, como mejor lo sabe hacer 

y si no alcanza una meta elevada no pasa absolutamente nada y no tiene por

qué pensar que es un mezquino o un rastrero. Solemne estupidez. Y si le

añadimos a esto reconocerse cobarde y envidioso por estos temas, pues la

cosa ya alcanza una desproporción y un absurdo y un desquiciamiento de lo más 

increíble. La creación literaria debe medirse, creo yo, como satisfacción personal;

mirar siempre el terreno vocacional, hacerlo también como desahogo, como

terapéutica, como entretenimiento,, como relax, buscando sensación de bienestar 

y gozo por tus escritos cuando los ves acertados y que han quedado como tú 

aspirabas. Todo esto habría que tenerlo también en cuenta y dejarse de tanta 

gloria infinita universal y la posterior depresión si no se consigue, dejar de

considerarse un mezquino por no ser el mejor, no creerse un rastrero o un cobarde,

a qué viene eso? El no destacar como ambiciones es para tanto? Y lo que es peor de

todo, lo más grave y estúpido y canalla, que es declararse como un envidioso,

envidiar a lo bestia y a lo salvaje a todos los escritores que hayan alcanzado

popularidad y prestigio y sentirse hecho una mierda por no verse en esa situación 

tan maravillosa en la que están esos otros literatos con más talento. Cada uno debe

hacer lo que pueda y a donde llegue, pues ahí se queda y no pasa nada, Y el que 

más pueda que se lleve el gato al agua y al que Dios se lo dé, San Pedro se la

bendiga. Pero nada de tantas envidias, que eso es un pecado canallesco que aquí 

en España parece que alcanza todos los récords de participación y sus niveles de 

intensidad son elevadísimos. Y entre los literatos y los artistas, mil veces peor, en

estos gremios la envidia adquiere más grandeza que todo el infinito universo.

jueves, 25 de junio de 2026

23 AÑOS

 Dentro de pocos meses --escribo esto en 2022-- va a hacer 23 años que yo dejé de ser

envidioso para siempre. A partir de aquel día del verano de 1999, en el que este

sentimiento maligno y venenoso me punzó por última vez, yo no he vuelto jamás 

a sentir o manifestar el más mínimo gramo de envidia hacia nadie, porque por

fortuna para mi vida, este pecado se erradicó totalmente de mi personalidad.

Y de esto me he sentido muy feliz y gozoso y muy agradecido a Dios de que me

ocurriera, porque se trata de un acontecimiento maravilloso para mí persona. 

En efecto, ya nunca más volví a sentir la mierda de la envidia, este malestar o

sensación desagradable se me esfumó y son ya casi 23 años los que llevo disfrutando 

de una existencia sana y pura y limpia, sin sentir la más pequeñita contaminación 

o amenaza de esta porquería de la condición humana, de la que yo creo que casi

nadie puede sanarse o liberarse, puede ser que casos como el mío se den demasiado

poco, que sean muy raros o excepcionales en la sociedad. Sí, porque esto es una

plaga; esto está extendido en prácticamente todos los seres humanos y dicen que 

aquí en España es el deporte nacional y que se practica o se padece mucho más 

copiosamente que en otros países o lugares del mundo. Eso dicen algunos. De mi

vida anterior a este dichoso y memorable acontecimiento, o sea, cuando la envidia

yo sí la sentía a veces y me afectaba, tengo que decir eso, que era solo a veces. de

vez en cuando, y cuando me venía, no me duraba demasiado tiempo y procuraba

darle de lado. Esto quiere decir que es un sentimiento que a mí no me hacía una

mella muy fuerte, que es una cosa fea que no iba mucho conmigo. Pero lo más 

importante y vital de todo: que yo recuerde nunca he dañado ni he puteado ni

he agraviado a nadie por esta causa. Cuando yo he sufrido punzadas de envidia,

nunca las he expulsado causando perjuicios a la persona que me suscitara envidia.

Y esto es muy importante en la vida, porque si tienes tentación de envidia y no la

empleas en fastidiar a la persona que te la produce, es lo que se denomina una

envidia sana, una envidia que se queda solo para ti y que no provoca heridas

o disgustos a los demás. Pero, como he contado. a partir de aquel verano del año

1999, en el que me vi tocado de envidia por última vez. ni envidia feroz, ni envidia

sana ni ningún tipo de envidia, en mi personalidad dejó de existir para siempre y

es algo de lo que me he sentido muy orgulloso, de no ser nada de nada envidioso y

que este cáncer o pecado o miseria de la condición humana desapareciera o se

me extinguiera definitivamente.

miércoles, 24 de junio de 2026

RADIOGRAFÍA DEL TROLERO

 En la sociedad abundan los troleros en todas las facetas o acepciones que pueda tener 

el término. Es una realidad de la vida cotidiana, tan natural, desgraciadamente, como 

la vida misma, porque hay que convivir con estos seres despreciables que nada más 

que viven y sienten la mentira, todo su mundo gira en torno a eso. a cuantas más 

mentiras eche, mejor,  a cuantos más consiga engañar con sus historias fantasmonas,

mejor. Con cuantos más puedan desahogar su carácter presuntuoso., emitiendo

faroles o fantochadas con las que sentirse felices y realizados, como si todas esas

figuronadas fuesen ciertas y hubieran ocurrido en la realidad,  contándolas con una

vanidad y grandeza cuando realmente son unos pobres hombres que tienen que 

vivir del cuento.  Hay una realidad evidente en la vida de todas las personas y es que 

todos solemos mentir. pero eso muchos lo hacen de vez en cuando y ante situaciones

comprometidas o complicadas en las que decir la verdad puede acarrear un resultado 

espinoso, o. simplemente, incómodo y que produzca malestar o mal rollo. Ante

muchas situaciones en la vida optamos por la mentira para salir reparados de una

cuestión o circunstancia que creemos que al destaparse con la verdad nos hace 

vernos en situaciones peores. Pero eso es una cosa, como lo es cuando se trata de

ámbitos frívolos o asuntos sin importancia, de las mentirijillas piadosas, de pequeños

embustes, que, aunque no sea correcto largarlos, tampoco nos retuercen o trastornan

excesivamente la vida. No obstante, yo pienso que cualquier mentira, aunque sea 

pequeña o poco trascendente, si se puede evitar y no soltarla, mejor y más estupendo,

que se vaya la falsedad cuanto más lejos mejor. Pero aquí el asunto que me ocupa es

el más insoportable, estúpido y lamentable. Es el de las personas --si se les puede

considerar como tales-- que viven el día a día solo para la mentira, que hacen del

trolerismo y el fantasmeo su razón de ser y de estar en la vida. Raro es el día que no

van faroleando a todo el que se encuentran y se comportan con demasiada frecuencia 

como auténticos figurones. La gente que va así por la vida no merece la pena y todos

los que los van conociendo procuran --o deberían-- darles de lado y dejarlos porque 

lo que hacen es tan solo marearnos, trastornarnos y crearnos conflictos y discusiones.

Porque ante tantas fantasmadas y tantas patrañas, los demás suelen acabar diciéndoles 

que se las crean ellos y que se vayan al cuerno con tantos rollos y tantas historias. El

trolero o  fantasmón no suele deponer su comportamiento, aunque le vaya muy

mal en su vida con esta actitud repugnante para los demás, pero muy gozosa para él;

sigue para adelante con sus embustes, porque es su forma de ser y no la va a cambiar 

ni pretende mejorar en su vida y liberarse de su podrida e infecta personalidad. Ha

nacido para eso y así morirá, queda como una carroña para todo el mundo, pero le

da lo mismo porque él es así y eso es lo que hay.



martes, 23 de junio de 2026

SOBRE LA NOSTALGIA

 Dicen que la nostalgia es un sentimiento de viejos, que es una pena que suele sentirse 

con avanzada edad, cuando después de haber vivido mucho, te asaltan los recuerdos 

y vives nada más que en el pasado. Y te recreas con aflicción en todas las vivencias 

y circunstancias en las que fuiste dichoso y la realidad de la existencia, con la juventud 

por delante, fue mucho mejor y feliz y aquello es lo que merecía la pena y hoy día 

ha quedado perdido. La nostalgia es un sentimiento enfermizo, negativo para el

bienestar y la salud del que la padece y que se debe luchar por evadirse de ella y que 

no nos consuma, ni nos agote y nos haga nuestra vida más amarga. A lo largo de mi

vida son varias las personas que me han comentado que esto es una cosa de viejos. 

Pero yo no estoy de acuerdo con esto, al menos por lo que me ha sucedido a mí 

personalmente, porque por muy chocante y extraño que parezca, yo la he sufrido 

con intensidad durante muchos años y. además, algunos siendo hasta un adolescente.

Este ha sido mi caso particular, no sé si pasará que en cuanto a esta realidad yo sea 

alguien muy especial, o sea, puede que un auténtico bicho raro. Pero el caso es que 

eran los años 1981 y 1982 y yo tenía 15 y 16 años, y yo sentí una nostalgia muy 

aguda y fuerte por el año 1977. Me recreaba con lo que sucedió aquel año en el que 

yo era tan solo un chiquillo de diez años. Y me acordaba y le daba vueltas a la 

infancia mía de entonces. El año del estreno de La guerra de las galaxias, yo fui

a ver esta película en el antiguo cine Emperador de Sevilla. El año que en televisión 

emitían los dibujos de Marco. De los Apeninos a los Andes. Esta serie fue horrible 

para los niños de la época, desesperados ya porque el pobre Marco no encontraba 

a su madre. Pero yo recuerdo que a mí no me afectó y yo la seguí constantemente 

hasta el final con mucha atracción y me gustó toda la historia de este niño héroe 

en todo momento. 1977 fue el año de los éxitos musicales del dúo Baccara, de Elsa

Baeza, de Alameda y de Triana, el año del triunfo del Real Betis en la primera 

Copa del Rey, aunque yo por entonces comenzara a ir a ver al Sevilla F.C., que es

mi equipo de fútbol. En fin, que yo me acordaba de aquel año y le daba vueltas y más 

vueltas y lo rememoraba hasta con angustia por no estar en él y vivir coronado por

aquella infancia tan feliz que se me fue. Y yo. como decía, me traía todo este lío 

nostálgico con tan solo 15 y 16 años, o sea, tan solo cuatro o cinco años después 

de haber pasado aquella memorable etapa de mi vida que fue el año 1977. Con esto

quiero dejar patente que, en lo que a mí respecta, la nostalgia no es un sentimiento 

propio y único de la senectud. Y vaya mi experiencia vivida por delante.


sábado, 20 de junio de 2026

SOBRE LA AMISTAD

 La ilusión de los amigos, la alegría de las amistades que son sólidas y entrañables, 

los que están contigo día a día y no son por rachas o de vez en cuando, constituyen

un ingrediente fundamental para ser feliz. Con los grandes amigos no suelen existir 

discusiones ni malos rollos, nos gusta como son y nos sentimos con bienestar a su

lado; queremos estar en su compañía cuanto más mejor y compartimos intereses 

y aficiones, pensamos y estamos de acuerdo muchas veces con ellos. Los buenos 

amigos nos conocen bien y nos aprecian, nos apoyan en todo lo que pueden 

y aceptan nuestros defectos y participan de nuestros sentimientos. Nos sentimos 

identificados, conectados y en todo momento deseamos su trato y que esta hermosa 

realidad no se pierda y dure para siempre. La diversión, los agradables momentos,

la complicidad y el saber consolarte y aconsejarte bien en las situaciones aciagas, 

son claves imprescindibles de los grandes amigos. Saber estar contigo para lo

positivo y para lo negativo, disfrutar contigo de lo bueno y solidarizarse y darte

ánimos en lo malo. No te juzgan mal ni te critican y en todo momento tienen un 

concepto o una visión muy favorable de tu persona. Si surge una mala situación 

de alguien hacia ti, te defienden y no hacen caso de las críticas malintencionadas 

o irónicas o despectivas. La postura es a favor del amigo y no se dejan arrastrar 

por lo que digan los demás en tono peyorativo. Aunque con el pasar del tiempo 

los amigos tomen caminos distintos, es muy necesario mantenerse y seguir con 

ellos, porque las buenas amistades deben de ser para toda la vida, es un patrimonio 

personal que hay que saber cuidarlo y mirar siempre por él. Hay que buscarlo y

encontrarlo en las diferentes etapas que surjan en la existencia.