A lo largo de mi dilatada carrera literaria de más de cuarenta años, mi trabajo o
actividad creadora ha experimentado una evolución. En efecto, en el transcurso
de tanto tiempo mi proceso intelectual o artístico no ha sido lineal. Mi capacidad o
facultades para escribir, para producir obras literarias, se ha incrementado de
manera prodigiosa a partir del año 2020. Nunca como en este periodo de tiempo yo
he escrito tan rápido y con tanta eficacia y gozo y relax. La inseguridad o el miedo a
escribir, ese malestar o tensión que me entraba cada vez que me iba a poner a
trabajar, me ha desaparecido. Ahora, misteriosamente, lo que me ocurre es todo lo
contrario: me pongo siempre con ganas, con deseos, con ilusión, con bienestar y
placer. Ya metido en el acto de la creación, lo hago con facilidad, sin tener que pensar
tantísimo como antes, sin apenas tachar y hacer correcciones, me salen todos los
escritos que redacto como yo quiero, o mejor incluso, sean del género que sean
o sean de la naturaleza que sean. Tengo en la actualidad 59 años y desde principios
de 2020, mi destino literario ha cambiado de rumbo, infinitamente para mejor,
a Dios gracias. Como yo escribo en la actualidad, no lo he hecho así de extraordinario
jamás durante bastante más de tres décadas. El trabajo literario ha sido toda una
vida muy sacrificado para mí, muy duro, de mucho esfuerzo y tensiones, aunque a
pesar de estas dificultades he tenido la virtud de superarme, me costara lo que me
costara, sufriera lo que sufriera. Hoy día no tengo que sufrir para hacer libros de
todo tipo. Y siempre tengo presente a san Antonio de Padua, porque como yo soy
persona de mucha fe cristiana y me he encontrado con la ayuda muy evidente de
mi santo literario, pues nada, a seguir creyendo siempre en él y a estarle muy
agradecido siempre por todos los prodigios creativos que hace conmigo.
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