Desde hace varios años, o sea, en tiempos más bien recientes, vengo observando algo
que es una nota común y dominante en las librerías y no se puede decir que solo en
algunas o en bastantes: estoy que voy a contar sucede en todas. Lo he comentado con
muchos libreros ya y todos coinciden en lo mismo y no hay excepciones. O sea, que
no hay ni un solo librero que me haya dado otra versión más positiva o halagüeña
sobre el tema de las ventas de los libros en la actualidad. El asunto es que los lectores
de hoy visitan las librerías con las cosas muy claras de lo que les interesa comprar.
Compran el libro que alguien les ha recomendado o bien el más famoso o divulgado
o que está de rabiosa actualidad o alguno que surja que les interese el tema en especial
o bien por otra causa particular y se acabó. Fuera de esos cánones que se tienen fijados,
a los lectores de hoy en día les dan igual los demás libros expuestos en los estableci--
mientos y suelen pasar bastante de ellos. La amplia y variada oferta editorial no les
interesa o poco o nada. Ah, y como el autor puesto a la venta sea un desconocido,
pues nada, directamente ni cogen el libro y que lo lea otro, quien le dé la gana de
descubrirlo, no se molestan en curiosearlo y no dan oportunidades a quienes buscan
transmitir nuevas obras y que no se quede todo para los mismos. Y cuando un joven
escritor sí consigue vender y tiene éxito y a este le hacen caso, normalmente es
porque el libro se lo ha publicado una empresa editorial fuerte y lo ha distribuido
y difundido hasta los últimos rincones del país y se le ha dado una publicidad y un
marketing enorme y el volumen en cuestión ha sido apoyado y mimado y tratado
con unas campañas espectaculares. Así se dan más opciones para que la novatada
no se pague y los lectores sí apuesten por leer a la nueva promesa de la literatura.
Claro, que si el nuevo autor además escribe bien y el libro le ha salido redondo,
pues entonces el éxito está garantizado y ya hay un escritor en el que los lectores
depositen toda su confianza en los futuros libros que publique. Pero eso es así, por
supuesto, si este autor ya dado a conocer y que tan felizmente ha triunfado es un
literato con oficio y no una flor de verano. Que casos como estos últimos también
existen, desgraciadamente para el mundo de la cultura. Pero volviendo al tema de
las ventas en las librerías, esto que he contado antes no pasaba hace muchos años.
Entonces la cosa era diferente. Yo lo pude comprobar en los años ochenta sobre todo.
En aquella época, los lectores tenían otra actitud. Eran lo que se les llama "ratas de
librerías", porque cuando visitaban estos establecimientos no era para hacer lo que
hacen hoy. Se ponían a mirar y a buscar y a profundizar en todo el ofertado. pero no
solo observaban todas las novedades sino que se ponían a mirar por las estanterías
y no paraban de curiosear y de interesarse por todo tipo de libros, de diferentes
géneros y les importaba un pimiento que el autor fuera desconocido o el libro poco
vendido o divulgado. Estos lectores eran los auténticos de verdad, porque muchas
veces compraban libros que de ser hoy en día, no compraría nadie. Y daban
oportunidades a los escritores más desconocidos y el nivel de ventas entonces era
mucho más elevado y se leía mucho más y más variado. Y estas "ratas de librerías"
abundaban entonces, porque yo lo pude comprobar muchas veces durante aquellos
ya lejanos años.
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