y feliz huella para siempre. Hay seres extraordinarios como fue mi gran amigo
José Luis del Castillo, cuya relación fue siempre fraternal, intensísima, de un
aprecio y una estima y un respeto y una admiración del uno hacia el otro como
yo creo que nunca se ha dado en las relaciones humanas y si se han dado algunos
otros casos a lo largo de la historia, habrán sido muy pocos, se contarán con los
dedos de la mano. Con José Luis hubo muy escasas discusiones y malos rollos
jamás. José Luis derrochaba simpatía y sentido del humor con los demás, carisma
y alegría, que manifestaba con mucha frecuencia: era la bondad y la santidad
personificadas. De hecho, yo en un ensayo que escribí titulado: "Los santos:
personas extraordinarias", digo de él que tenía muchas actitudes propias de
los santos. José Luis no será nunca beatificado ni canonizado, pero pasó por la
vida dejando una huella similar a la de esas grandes personas que sí lo fueron.
Muy religioso. muy creyente, muy amante de Dios. de la Virgen y de todos los
santos por encima de todo en la vida, vivió entregado a la fe y a las Iglesias, que
no dejaba de visitar casi a diario, todo lo que podia, porque para él el Señor era
antes que todo y siempre lo tuvo presente en su vida. Una vida cristiana a la que
supo sacarle rendimiento siempre, porque fue querido y admirado por todo el
mundo, no solía tener broncas o malos rollos con nadie. Y si en algo o con alguien
cometiia algún error o falta, enseguida iba a la Iglesia y se confesaba y pedía
perdón por esa actitud o detalle que hubiera tenido feo. Pero qué pocos casos
o situaciones se dieron así en la vida de José Luis del Castillo, una vida ejemplar
como pocas se han dado en este mundo. José Luis no paraba de decirle a sus amigos,
como era mi caso, a las personas más cercanas en su vida: "cualquier cosa para lo
que me necesites, llámame y cuenta conmigo". Y así fue, lo decía y lo cumplía.
Y conmigo lo hizo a rajatabla las dos veces que lo necesité, porque como yo por
entonces estaba solo, cuando me vi en dos situaciones que me hacía falta ayuda, lo
llamé y este gran amigo, al pie del cañón, estuvo para apoyarme y echarme una
mano. José Luis le tenía mucho rechazo a la lluvia, los aguaceros los llevaba
muy mal y no solía salir a la calle los días de mal tiempo. Cuando yo una vez me
vi con una gastroenteritis y necesitaba bebida de Aquarius para aliviarme, resulta
que esa tarde estaba diluviando, una lluvia de estas violentas que te dejan hecho
una mierda, pues al llamar a José Luis no se lo pensó y cogió el impermeable y el
paraguas y se echó a la calle con la que estaba cayendo y me compró las bebidas
y me las trajo a mí casa y cuando le dije que se las iba a pagar, no me dejó que lo
hiciera y estuvo acompañándome varias horas en mi hogar a ver si se me pasaba
el malestar y haciéndome la tarde-noche agradable y feliz. En otra ocasión, estando
yo en la consulta de una psiquiatra, comenzó a darme un ataque de ansiedad y a la
vuelta, en mi casa, me seguía afectando y no mejoraba. Entonces llamé a José Luis
y le dije que me tenía que ir a urgencias al hospital y que si me podía acompañar.
No lo dudó y se vino para mí casa y nos fuimos para el hospital y estuvimos allí
mucho tiempo, lo menos dos horas y él allí dándome ánimos y haciéndome la
situación lo más agradable que pudo. José Luis del Castillo, enfermo de epilepsia,
al que los médicos no le daban en la época ni veinte años de vida, por las crisis
tan graves que le afectaban, pues tuvo hasta quince ataques epilépticos en un día,
me insistía una y otra vez que en todo lo que me necesitara que lo llamara,
--esto ya he contado que se lo decía a muchas personas--. Siempre en su afán de
ayudar a los demás y auxiliar al amigo que lo necesitara. Y yo le decía: "José Luis,
estás tú más para que te ayuden a ti". Yo. igualmente, me volqué siempre en ayudarlo
y protegerlo y mirar por él y corresponderle en todo: los dos estuvimos hermanados,
entregados totalmente en amistad y estima inmensa. Para mí lo fue todo: un padre,
un hermano, un amiga, todo. A mí sobrina Paula le vino un cáncer de huesos y
estuvo al borde de la muerte. A José Luis del Castillo que pasara una cosa así y más
a un familiar mío lo estremeció, lo dejó conmocionado: "Pero, Martín, esto no puede
ser, que me muera yo que ya he vivido, pero. por Dios, que a una criatura con 13
años que le ocurra algo así... y se atormentaba de dolor y de rabia y de impotencia".
Cuando Paula salió de tan angustiosa situación y fue dada de alta, no dejó nunca
de preguntarme cómo estaba y cómo evolucionaba y cómo iban las revisiones
que se hacía periódicamente. Y siempre se hartó de rezar y de pedir por ella. Una
faceta de José Luis era su cariño y simpatía hacia las mujeres. Y su amor y pasión
por ellas, pero siempre con el máximo respeto. Y tuvo de toda la vida la costumbre
de decirles piropos y cosas hermosas que les pudieran agradar. Pero lo hacía no
solo verbalmente, sino también por escrito, porque una labor muy destacada de
él es que era un poeta, pero de los muy buenos y se empleaba en escribirle versos
a las mujeres que le mostraran una actitud de cariño o afecto. José Luis le decía
cosas muy lindas a todas, hablado o por escrito, como he dicho. pero jamás fuera
de tono, lo hacía de una manera fina y elegante, totalmente respetuosa. Cuento
un ejemplo, muy curioso y sorprendente que sucedió. José Luis conoció a una chica
que trabajaba en una librería. Y ambos simpatizaron mucho. Pues ni corto ni
perezoso, dado el entusiasmo que cogió por. está mujer, le compuso de treinta a
cuarenta poesías dedicadas a ella, expresándole todo su encanto y ternura con
todo el arte poético que le caracterizaba. Qué poeta ha hecho eso por una mujer
que la haya tratado pocas veces? José Luis., ante todo, era una persona humilde
y sencilla, que a pesar de ser un excelente lírico y muy fecundo. --su obra completa
daría para más de 100 poemarios-- decía que lo que él escribía no era gran cosa,
le quitaba mucho valor a su enorme talento, porque no quería presumir de nada
y en su personalidad la vanidad, la soberbia o la prepotencia no existían. José Luis
del Castillo Martínez fue fiel a mi amistad hasta el último momento, Un día antes
de caer enfermo y perder la cabeza y quedar en una silla de ruedas y pasar a una
residencia de dependientes, me llamó por teléfono con mucho entusiasmo y deseos
de hablar conmigo y nos llevamos más de una hora de entrañable diálogo. Al día
siguiente, fui a visitarlo a la residencia y quiso invitarme a comer en el comedor
restaurante de este centro de la tercera edad, como tantas y tantas otras veces lo
había hecho a lo largo de nuestra dilatada amistad de más de veinte años. Y José
Luis cayó del todo y estuvo unos ocho meses acabado, enterrado en vida. sin
apenas conocerme. Después de esta agonía cruel que le tocó sufrir, José Luis
del Castillo Martínez, una persona excepcional, como pocas habrá dado el mundo,
descansó en la paz del Señor el día 18-12-2018. In memoriam.
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