sábado, 27 de junio de 2026

UNA AMISTAD VERDADERA

Hay personas excepcionales que dejan una grata y maravillosa y entrañable 

y feliz huella para siempre. Hay seres extraordinarios como fue mi gran amigo

José Luis del Castillo, cuya relación fue siempre fraternal, intensísima, de un

aprecio y una estima y un respeto y una admiración del uno hacia el otro como

yo creo que nunca se ha dado en las relaciones humanas y si se han dado algunos 

otros casos a lo largo de la historia, habrán sido muy pocos, se contarán con los

dedos de la mano. Con José Luis hubo muy escasas discusiones y malos rollos

jamás. José Luis derrochaba simpatía y sentido del humor con los demás, carisma

y alegría, que manifestaba con mucha frecuencia: era la bondad y la santidad

personificadas. De hecho, yo en un ensayo que escribí titulado: "Los santos:

personas extraordinarias",  digo de él que tenía muchas actitudes propias de

los santos. José Luis no será nunca beatificado ni canonizado, pero pasó por la

vida dejando una huella similar a la de esas grandes personas que sí lo fueron.

Muy religioso. muy creyente, muy amante de Dios. de la Virgen y de todos los

santos por encima de todo en la vida, vivió entregado a la fe y a las Iglesias, que 

no dejaba de visitar casi a diario, todo lo que podia, porque para él el Señor era

antes que todo y siempre lo tuvo presente en su vida. Una vida cristiana a la que 

supo sacarle rendimiento siempre, porque fue querido y admirado por todo el

mundo, no solía tener broncas o malos rollos con nadie. Y si en algo o con alguien

cometiia algún error o falta, enseguida iba a la Iglesia y se confesaba y pedía 

perdón por esa actitud o detalle que hubiera tenido feo. Pero qué pocos casos

o situaciones se dieron así en la vida de José Luis del Castillo, una vida ejemplar 

como pocas se han dado en este mundo. José Luis no paraba de decirle a sus amigos,

como era mi caso, a las personas más cercanas en su vida: "cualquier cosa para lo

que me necesites, llámame y cuenta conmigo". Y así fue, lo decía y lo cumplía.

Y conmigo lo hizo a rajatabla las dos veces que lo necesité, porque como yo por

entonces estaba solo, cuando me vi en dos situaciones que me hacía falta ayuda, lo

llamé y este gran amigo, al pie del cañón, estuvo para apoyarme y echarme una

mano. José Luis le tenía mucho rechazo a la lluvia, los aguaceros los llevaba

muy mal y no solía salir a la calle los días de mal tiempo. Cuando yo una vez me

vi con una gastroenteritis y necesitaba bebida de Aquarius para aliviarme, resulta 

que esa tarde estaba diluviando, una lluvia de estas violentas que te dejan hecho 

una mierda, pues al llamar a José Luis no se lo pensó y cogió el impermeable y el

paraguas y se echó a la calle con la que estaba cayendo y me compró las bebidas 

y me las trajo a mí casa y cuando le dije que se las iba a pagar, no me dejó que lo

hiciera y estuvo acompañándome varias horas en mi hogar a ver si se me pasaba

el malestar y haciéndome la tarde-noche agradable y feliz. En otra ocasión, estando

yo en la consulta de una psiquiatra, comenzó a darme un ataque de ansiedad y a la

vuelta, en mi casa, me seguía afectando y no mejoraba. Entonces llamé a José Luis

y le dije que me tenía que ir a urgencias al hospital y que si me podía acompañar. 

No lo dudó y se vino para mí casa y nos fuimos para el hospital y estuvimos allí 

mucho tiempo, lo menos dos horas y él allí dándome ánimos y haciéndome la

situación lo más agradable que pudo. José Luis del Castillo, enfermo de epilepsia,

al que los médicos no le daban en la época ni veinte años de vida, por las crisis

tan graves que le afectaban, pues tuvo hasta quince ataques epilépticos en un día,

me insistía una y otra vez que en todo lo que me necesitara que lo llamara,

--esto ya he contado que se lo decía a muchas personas--. Siempre en su afán de

ayudar a los demás y auxiliar al amigo que lo necesitara. Y yo le decía: "José Luis,

estás tú más para que te ayuden a ti". Yo. igualmente, me volqué siempre en ayudarlo

 y protegerlo y mirar por él y corresponderle en todo: los dos estuvimos hermanados,

entregados totalmente en amistad y estima inmensa. Para mí lo fue todo: un padre,

un hermano, un amiga, todo. A mí sobrina Paula le vino un cáncer de huesos y 

estuvo al borde de la muerte. A José Luis del Castillo que pasara una cosa así y más 

a un familiar mío lo estremeció, lo dejó conmocionado: "Pero, Martín, esto no puede

ser, que me muera yo que ya he vivido, pero. por Dios, que a una criatura con 13

años que le ocurra algo así... y se atormentaba de dolor y de rabia y de impotencia".

Cuando Paula salió de tan angustiosa situación y fue dada de alta, no dejó nunca

de preguntarme cómo estaba y cómo evolucionaba y cómo iban las revisiones

que se hacía periódicamente. Y siempre se hartó de rezar y de pedir por ella. Una

faceta de José Luis era su cariño y simpatía hacia las mujeres. Y su amor y pasión 

por ellas, pero siempre con el máximo respeto. Y tuvo de toda la vida la costumbre 

de decirles piropos y cosas hermosas que les pudieran agradar. Pero lo hacía no

solo verbalmente, sino también por escrito, porque una labor muy destacada de

él es que era un poeta, pero de los muy buenos y se empleaba en escribirle versos

a las mujeres que le mostraran una actitud de cariño o afecto. José Luis le decía 

cosas muy lindas a todas, hablado o por escrito, como he dicho. pero jamás fuera

de tono, lo hacía de una manera fina y elegante, totalmente respetuosa. Cuento

un ejemplo, muy curioso y sorprendente que sucedió. José Luis conoció a una chica

que trabajaba en una librería. Y ambos simpatizaron mucho. Pues ni corto ni

perezoso, dado el entusiasmo que cogió por. está mujer, le compuso de treinta a

cuarenta poesías dedicadas a ella, expresándole todo su encanto y ternura con

todo el arte poético que le caracterizaba. Qué poeta ha hecho eso por una mujer

que la haya tratado pocas veces? José Luis., ante todo, era una persona humilde

y sencilla, que a pesar de ser un excelente lírico y muy fecundo. --su obra completa 

daría para más de 100 poemarios-- decía que lo que él escribía no era gran cosa, 

le quitaba mucho valor a su enorme talento, porque no quería presumir de nada

y en su personalidad la vanidad, la soberbia o la prepotencia no existían. José Luis

del Castillo Martínez fue fiel a mi amistad hasta el último momento, Un día antes

de caer enfermo y perder la cabeza y quedar en una silla de ruedas y pasar a una

residencia de dependientes, me llamó por teléfono con mucho entusiasmo y deseos

de hablar conmigo y nos llevamos más de una hora de entrañable diálogo. Al día 

siguiente, fui a visitarlo a la residencia y quiso invitarme a comer en el comedor 

restaurante de este centro de la tercera edad, como tantas y tantas otras veces lo

había hecho a lo largo de nuestra dilatada amistad de más de veinte años. Y José 

Luis cayó del todo y estuvo unos ocho meses acabado, enterrado en vida. sin

apenas conocerme. Después de esta agonía cruel que le tocó sufrir, José Luis

del Castillo Martínez, una persona excepcional, como pocas habrá dado el mundo,

descansó en la paz del Señor el día 18-12-2018. In memoriam.

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