En la sociedad abundan los troleros en todas las facetas o acepciones que pueda tener
el término. Es una realidad de la vida cotidiana, tan natural, desgraciadamente, como
la vida misma, porque hay que convivir con estos seres despreciables que nada más
que viven y sienten la mentira, todo su mundo gira en torno a eso. a cuantas más
mentiras eche, mejor, a cuantos más consiga engañar con sus historias fantasmonas,
mejor. Con cuantos más puedan desahogar su carácter presuntuoso., emitiendo
faroles o fantochadas con las que sentirse felices y realizados, como si todas esas
figuronadas fuesen ciertas y hubieran ocurrido en la realidad, contándolas con una
vanidad y grandeza cuando realmente son unos pobres hombres que tienen que
vivir del cuento. Hay una realidad evidente en la vida de todas las personas y es que
todos solemos mentir. pero eso muchos lo hacen de vez en cuando y ante situaciones
comprometidas o complicadas en las que decir la verdad puede acarrear un resultado
espinoso, o. simplemente, incómodo y que produzca malestar o mal rollo. Ante
muchas situaciones en la vida optamos por la mentira para salir reparados de una
cuestión o circunstancia que creemos que al destaparse con la verdad nos hace
vernos en situaciones peores. Pero eso es una cosa, como lo es cuando se trata de
ámbitos frívolos o asuntos sin importancia, de las mentirijillas piadosas, de pequeños
embustes, que, aunque no sea correcto largarlos, tampoco nos retuercen o trastornan
excesivamente la vida. No obstante, yo pienso que cualquier mentira, aunque sea
pequeña o poco trascendente, si se puede evitar y no soltarla, mejor y más estupendo,
que se vaya la falsedad cuanto más lejos mejor. Pero aquí el asunto que me ocupa es
el más insoportable, estúpido y lamentable. Es el de las personas --si se les puede
considerar como tales-- que viven el día a día solo para la mentira, que hacen del
trolerismo y el fantasmeo su razón de ser y de estar en la vida. Raro es el día que no
van faroleando a todo el que se encuentran y se comportan con demasiada frecuencia
como auténticos figurones. La gente que va así por la vida no merece la pena y todos
los que los van conociendo procuran --o deberían-- darles de lado y dejarlos porque
lo que hacen es tan solo marearnos, trastornarnos y crearnos conflictos y discusiones.
Porque ante tantas fantasmadas y tantas patrañas, los demás suelen acabar diciéndoles
que se las crean ellos y que se vayan al cuerno con tantos rollos y tantas historias. El
trolero o fantasmón no suele deponer su comportamiento, aunque le vaya muy
mal en su vida con esta actitud repugnante para los demás, pero muy gozosa para él;
sigue para adelante con sus embustes, porque es su forma de ser y no la va a cambiar
ni pretende mejorar en su vida y liberarse de su podrida e infecta personalidad. Ha
nacido para eso y así morirá, queda como una carroña para todo el mundo, pero le
da lo mismo porque él es así y eso es lo que hay.
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