viernes, 26 de junio de 2026

HAY QUE SABER PERDER

Hace muchos años leí un artículo en un periódico sevillano en el que un escritor se

sentía tremendamente decepcionado porque no había conseguido hacer ni la mitad 

de cosas que se propuso hacer cuando era joven. Este autor sentía malestar y

frustración porque su vida presente no era como le hubiera gustado que fuera

durante su pasado. Y esto le desagradaba e incluso lo detestaba. En su primera 

juventud se imaginaba que iba a ser en el futuro el centro del mundo porque iba a

conseguir todo lo que quería. Define la juventud como narcisista, testaruda y 

egocéntrica. A raíz de todas estas manifestaciones de este autor, yo pienso que esto

sucede mucho en los literatos y en los artistas en general, en todas las personas 

que se esfuerzan y dedican su vida a la creación, porque creen que lo que hacen

es muy valioso y meritorio y debe ser reconocido y aplaudido y encumbrado 

cuanto más alto mejor. Es cierto que esto ocurre mucho más en nuestros años de

juventud; el narcisismo y el egocentrismo son a veces exagerados, las ambiciones 

y los sueños de gloria se disparan en nuestra fantasía y no para uno de ilusionarse

y de querer comérselo todo y ser el centro del mundo, como dice este periodista.

Confieso que a mí esto me pasó también siendo muy joven, cuando comencé a

escribir a los diecisiete años, porque además esto es una realidad que se repite en

casi todos los artistas, es un mismo esquema para la mayoría y a prácticamente 

todos nos sucede lo mismo. Pero no exactamente lo viven o lo sienten o lo padecen

todos igual. A mí, como decía, me ocurrió, pero solo en un principio. Yo atravesaba

una fase eufórica, motivada, por un lado, por la alegría tan enorme que para mí 

supuso hacerme escritor, y por otro, por un trastorno de mi enfermedad psíquica, 

o sea, por la bipolaridad o patología maníaco-depresiva que padecía, pues ya a

los trece años caí en la desgracia con este problema de salud. Pero pasó el tiempo

y toda esta euforia y locura de ambiciones y de sueños de gloria se fueron disipando

y yo fui llevando una vida más normal. Y también tuve una fase depresiva que 

supuso todo lo contrario: yo no aspiraba a nada ni valía para casi nada y no iba a

conseguir nunca nada porque le quité casi todo el valor a lo que había hecho en

años anteriores. Una vez recuperado y estabilizado de mi enfermedad, yo siempre 

escribí, trabajé duro y moví mi obra por todas partes en el intento de que no 

quedara muerta para siempre en los cajones de mi habitación. Y nunca obtuve

reconocimiento a lo largo de varias décadas. Pero llegó un momento en el que 

conviví con el fracaso estupendamente, porque me daba igual y no me afectaba

lo más mínimo. El fracaso para mí era una rutina a la que me acostumbré de tal

manera que me hacía pasar de todo y no me frustraba ni me producía la más 

mínima sensación de malestar o desencanto. Yo no me sentía quemado por nada

que tuviera que ver con mi carrera literaria en este plano tan negativo, porque 

fracasaba en todo y yo seguí para adelante. Existía el tema vocacional y el sentirme

satisfecho con mucho de lo que escribía y gozar de que lo hacía bien y que veía 

luz en mis creaciones era muy importante para mí y con eso me conformaba, con

eso era más que suficiente. No obstante, si mis obras las veía de calidad, había que 

intentar sacarlas para adelante y yo me fui auto publicando y sentía año tras año 

la satisfacción de verme con mis libros publicados, aunque fueran ediciones de muy

corta tirada. Yo no me he frustrado ni me he disgustado por nada de mi mundo 

literario desde hace muchísimos años, pero he seguido siempre trabajando y no he

tirado la toalla, salvo. eso sí, varios años de escasísima creatividad, en los que no

publicaba ni hacía nada por mi obra que me quedaba inédita, que además era muy

copiosa. Y han sido, como decía, muchísimos años en los que yo he convivido con el

fracaso como si no existiera en mi vida, porque me ha dado igual y en todo momento 

si me tocó perder y nunca tuve la más mínima suerte, pensé que lo mejor era ser

un buen perdedor y aceptarlo con dignidad y con humildad. Y no detestandolo y 

vivir hecho una mierda por no haber logrado ser el centro del mundo y no haber

conseguido todo lo que uno quiere, como este escritor y periodista expresaba con

toda la angustia o el malestar o la decepción del universo. Todos los artistas no somos

iguales, no tenemos la misma actitud. Yo es cierto que la tuve, pero solo en un 

principio, pero este hombre parece que la arrastra toda su vida y que la va a 

padecer hasta que se muera. Pero yo a esto hoy en día no le veo importancia, porque 

sentir una egolatría y unas ambiciones por triunfar en el mundo del arte está dentro 

de lo común: se escribe o se pinta o se compone música con el objetivo de que sea

reconocido y que llegue a la sociedad, eso es obvio, está clarísimo, solo que creo que 

no hay que experimentarlo con tantos excesos, pues las exageraciones al final no

conducen a nada positivo y en el caso de este literato, por soñar tanta gloria, el 

resultado es un varapalo fuerte y hundirse y podrirse de disgustos que no merecen

la pena. Lo que realmente es más negativo y perverso es cuando este intelectual 

afirma lo siguiente: "Por mucho que le desagrade, uno sabe que es mezquino. 

envidioso, rastrero y cobarde". Autocalificarse de esa manera y reconocerlo 

públicamente a través de la prensa, yo opino que es muy fuerte y lamentable.

Porque uno no sea el mejor o de los mejores en esta actividad literaria en la que 

se ha propuesto destacar, no tiene por qué ser un envidioso feroz y envenenarse

porque otros autores estén muy por encima de él. Uno no tiene por qué sentirse

miserable por no haber llegado más alto en el escalafón literario, por no ser 

alguien en el mundo de la cultura con mucho más prestigio y favor de los

lectores. Yo pienso que cada cual hace lo que puede, como mejor lo sabe hacer 

y si no alcanza una meta elevada no pasa absolutamente nada y no tiene por

qué pensar que es un mezquino o un rastrero. Solemne estupidez. Y si le

añadimos a esto reconocerse cobarde y envidioso por estos temas, pues la

cosa ya alcanza una desproporción y un absurdo y un desquiciamiento de lo más 

increíble. La creación literaria debe medirse, creo yo, como satisfacción personal;

mirar siempre el terreno vocacional, hacerlo también como desahogo, como

terapéutica, como entretenimiento,, como relax, buscando sensación de bienestar 

y gozo por tus escritos cuando los ves acertados y que han quedado como tú 

aspirabas. Todo esto habría que tenerlo también en cuenta y dejarse de tanta 

gloria infinita universal y la posterior depresión si no se consigue, dejar de

considerarse un mezquino por no ser el mejor, no creerse un rastrero o un cobarde,

a qué viene eso? El no destacar como ambiciones es para tanto? Y lo que es peor de

todo, lo más grave y estúpido y canalla, que es declararse como un envidioso,

envidiar a lo bestia y a lo salvaje a todos los escritores que hayan alcanzado

popularidad y prestigio y sentirse hecho una mierda por no verse en esa situación 

tan maravillosa en la que están esos otros literatos con más talento. Cada uno debe

hacer lo que pueda y a donde llegue, pues ahí se queda y no pasa nada, Y el que 

más pueda que se lleve el gato al agua y al que Dios se lo dé, San Pedro se la

bendiga. Pero nada de tantas envidias, que eso es un pecado canallesco que aquí 

en España parece que alcanza todos los récords de participación y sus niveles de 

intensidad son elevadísimos. Y entre los literatos y los artistas, mil veces peor, en

estos gremios la envidia adquiere más grandeza que todo el infinito universo.

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