Dentro de pocos meses --escribo esto en 2022-- va a hacer 23 años que yo dejé de ser
envidioso para siempre. A partir de aquel día del verano de 1999, en el que este
sentimiento maligno y venenoso me punzó por última vez, yo no he vuelto jamás
a sentir o manifestar el más mínimo gramo de envidia hacia nadie, porque por
fortuna para mi vida, este pecado se erradicó totalmente de mi personalidad.
Y de esto me he sentido muy feliz y gozoso y muy agradecido a Dios de que me
ocurriera, porque se trata de un acontecimiento maravilloso para mí persona.
En efecto, ya nunca más volví a sentir la mierda de la envidia, este malestar o
sensación desagradable se me esfumó y son ya casi 23 años los que llevo disfrutando
de una existencia sana y pura y limpia, sin sentir la más pequeñita contaminación
o amenaza de esta porquería de la condición humana, de la que yo creo que casi
nadie puede sanarse o liberarse, puede ser que casos como el mío se den demasiado
poco, que sean muy raros o excepcionales en la sociedad. Sí, porque esto es una
plaga; esto está extendido en prácticamente todos los seres humanos y dicen que
aquí en España es el deporte nacional y que se practica o se padece mucho más
copiosamente que en otros países o lugares del mundo. Eso dicen algunos. De mi
vida anterior a este dichoso y memorable acontecimiento, o sea, cuando la envidia
yo sí la sentía a veces y me afectaba, tengo que decir eso, que era solo a veces. de
vez en cuando, y cuando me venía, no me duraba demasiado tiempo y procuraba
darle de lado. Esto quiere decir que es un sentimiento que a mí no me hacía una
mella muy fuerte, que es una cosa fea que no iba mucho conmigo. Pero lo más
importante y vital de todo: que yo recuerde nunca he dañado ni he puteado ni
he agraviado a nadie por esta causa. Cuando yo he sufrido punzadas de envidia,
nunca las he expulsado causando perjuicios a la persona que me suscitara envidia.
Y esto es muy importante en la vida, porque si tienes tentación de envidia y no la
empleas en fastidiar a la persona que te la produce, es lo que se denomina una
envidia sana, una envidia que se queda solo para ti y que no provoca heridas
o disgustos a los demás. Pero, como he contado. a partir de aquel verano del año
1999, en el que me vi tocado de envidia por última vez. ni envidia feroz, ni envidia
sana ni ningún tipo de envidia, en mi personalidad dejó de existir para siempre y
es algo de lo que me he sentido muy orgulloso, de no ser nada de nada envidioso y
que este cáncer o pecado o miseria de la condición humana desapareciera o se
me extinguiera definitivamente.
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