"La esperanza es lo último que se pierde". Llevaba yo ya cerca de quince años de
carrera literaria, de una lucha incansable en los premios y en las editoriales, a la
búsqueda de un más que merecido reconocimiento y después ya de todo este tiempo
--que no era poco-- el resultado era totalmente infructuoso, o sea, de cero pelotero.
Comentando el nefasto panorama de mi vida literaria con mi amigo de entonces,
--digo de entonces, porque fueron quince años de sólida y entrañable amistad y él
quiso que dejáramos de serlo para siempre, por razones matrimoniales y de familia
y de querer hacer su vida independiente ya sin estorbos del camarada Martín --, yo le
manifesté mi tremenda frustración de que no hubiera manera de poder hacer diana
en ningún sitio. de que el rechazo hacia mi obra fuera tan rotundo. Pero luego le dije:
"bueno, a pesar de todo, mejor es no perder la esperanza". A lo que mi amigo me
contestó con una firmeza que no he olvidado ni nunca olvidaré: "Yo creo, Martín, que
la esperanza no debes de perderla nunca". Otro amigo, aunque no me relacionara
mucho con él, pero que en mi vida quedará siempre como tal, viendo mis desánimos
y mi frustración, me dijo: "Eso, Martín, es cuestión de seguir para adelante siempre
e ir poco a poco escalando peldaños hasta conseguirlo". También en otra ocasión me
refirió: "no pierdas nunca la esperanza e insiste siempre porque se trata de una
carrera de mucho fondo". Años después de todos estos buenos consejos de estos
colegas, yo ha habido etapas en las que he estado apático y con actitudes de tirar la
toalla para siempre, ante la imposibilidad que observaba de lograr la gloria literaria
que todos los artistas queremos. Hoy día, en la actualidad, después de 40 años de
carrera literaria, mantengo la esperanza viva de lo que aquellos amigos me dijeron
con todo el corazón y las buenas intenciones y deseos: "La esperanza no debes de
perderla nunca".
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