Hace ya muchos años que decidí quitarme de en medio el televisor y regalarlo a un
familiar mío. Me aburría tanto, me daba unos sofocones o unos malestares el ver
los telediarios o cuando me plantaban las corazonadas típicas de la telebasura o los
culebrones o las series que no valen nada o tantas otras ofertas televisivas que me
decían muy poco, cuando al final uno recuerda que de niño y de adolescente la
tele valía mucho más y entretenía y aportaba y tenía más encanto con tan solo dos
canales que en la actualidad que existen un disparate. Por eso me quedé sin
televisor y nunca lo he echado de menos. Leyendo la prensa que tiene
partes de mucho interés para mí y me forma y me entretiene mucho o bien la
maravilla de Internet es suficiente. En Internet buscas lo que te interesa o
quieres y te lo da, en la televisión te colocan de todo y casi todo no vale nada.
La televisión queda para mí en el recuerdo lejano de cuando era como un
paraíso mágico con el que todos soñábamos y que nos ilusionaba ver. A mí
me sucede también que con los años ya poseo una gran biblioteca personal
y prefiero la gozada y el deleite de los buenos libros a las emisiones de la actual
caja tonta. Lejos quedan los años de mi juventud en los que andaba tan cortito
de dinero y no podía permitirme el lujo de comprarme los muchos libros que
me fascinaban. Ahora que uno no tiene el estorbo del televisor en casa y que
va teniendo más tiempo para la lectura, porque a la actividad creativa ya es
hora de ponerle freno, queda la pasión inmensa de los libros y la cultura
pues son la auténtica televisión que deseo ver para siempre en mi vida.
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