jueves, 25 de junio de 2020

EL SURGIR DE LA HISTORIA

La Historia comienza con el desarrollo
de las culturas superiores. Las organizaciones 
sociales, cuyos núcleos eran poblados
de campesinos (nacieron la agricultura 
y la domesticación de animales 
y se desarrolló el sedentarismo)
dan lugar a la aparición de estados. 
Junto a los grandes ríos
se forman las primeras civilizaciones:
el reino egipcio (Nilo); los reinos 
mesopotámicos (Éufrates y Tigris);
los reinos de la India (Indo); 
los reinos chinos (Huang-He).
Las cultutas superiores surgen 
con las fundaciones urbanas: 
la ciudad pasa a ser el centro 
del comercio y del poder político.
La sociedad se organiza jerárquicamente
en diferentes capas: rey, sacerdotes, 
guerreros, funcionarios, campesinos
y esclavos. Y se instaura una división 
del trabajo según el lugar que cada uno
ocupa en la jerarquía social.
Y aparecen los primeros textos escritos:
Con el nacimiento de la escritura 
la lengua, la cultura y la religión 
adquieren fundamento y consistencia
y se convierten en vínculos 
de unión de los estados. 
La escritura es una de las bases 
primordiales del origen y del desarrollo
de la Historia de la Humanidad.

EL TIEMPO EN LAS ORILLAS

"El tiempo en las orillas", poemario de Enrique Barrero Rodríguez, galardonado con el premio Florentino Pérez-Embid, es un recuerdo constante de la niñez perdida, es un esfuerzo por evocar la infancia pero con una nostalgia por ese paraíso perdido que le lleva al poeta a manifestar sus sentimientos de una forma elegíaca. Enrique Barrero sueña con ese mundo dichoso, esa infancia feliz a la que intenta o le apasionaría volver y no puede: "De todo aquello que sentí en la infancia/ nada ha permanecido, solo quedan/ retazos de recuerdo en la memoria". Y centra ese recuerdo en un entorno concreto: en el del mar, en el de la naturaleza, en la memoria de los paisajes siempre hermosos en los que disfrutó de la magia y la inocencia de su universo infantil: "Dejadme a mí los pinos de la costa; "De niño, frente al mar./ Qué vendaval de sueño bajo el cielo". Enrique Barrero insiste en un tema único: la infancia recordada en el espejismo del verano en la costa. Todos sus sueños, todas sus vivencias se refieren únicamente a ese mundo del que gozó en su niñez y que ahora el poeta lo siente perdido para siempre: "Solo yo he muerto. Solo mi cadáver/ se esconde bajo el fondo de la tierra". "Ya todo se perdió. Ya solo queda/ el espacio asombrado de mi cuerpo". En estos poemas está presente de forma angustiosa el inevitable paso del tiempo que, en este caso, ha sido el que ha acabado inexorablemente con una vida, unos sueños, una ilusión; en definitiva, el encanto, el candor y la dicha de la infancia que ya nunca volverá y que para el poeta se convierte como una pesadilla porque quisiera poseer ese universo que se ha esfumado de su vida para siempre. En muchos poemas aparece el mundo onírico que representa para él la memoria de cómo fue la infancia, de cómo es la etapa de la existencia en la que los sueños y las experiencias vitales son más hermosas y alcanzan un grado de fantasía, belleza y perfección que ya nunca volverán a sentirse y que es el motivo por el que el poeta se siente triste y dolorido de que la vida ya no se goce y palpite con esa pureza inefable que solo a través de la poesía pretende expresar y que con mucho acierto lo consigue. Enrique Barrero se apoya para manifestar todos esos sentimientos de su niñez perdida en las realidades cotidianas: la casa u hogar del verano, el mar, los pinos, las gaviotas, la luz, Otro niño (que el poeta observa y con el que se siente identificado), el faro, la pradera en la que se celebraba la misa, septiembre o la tristeza del fin de las vacaciones y la vuelta al cole, etc. En casi todos los poemas existe como una obsesión por el maravilloso mundo de la infancia que engendra un terrible malestar en el poeta por ser como una utopía que ha perdido y que le duele que la vida de adulto no sea tan hermosa a como lo fue en aquella entrañable etapa: "Ya no es posible/ Ya la traición del tiempo me ha robado/ los instantes aquellos de la infancia./ Hoy es otro el acento de mi canto" ; "recuerdo el tiempo ido, la dicha aquella". Pero en todo el poemario el único lugar que le hace recordar su infancia es la playa de Mazagón. Es el atractivo del verano, las vacaciones el único motivo de vuelta nostálgica hacia su niñez. Es el mar, la montaña, los pinos, la luz intensa de la brisa, en definitiva, el paisaje de la costa, su naturaleza, sus contrastes y su belleza lo que caló muy hondo en su espíritu y mentalidad de niño y es lo que le transmite sueños de un universo verdaderamente feliz e irrepetible, la utopía que ya nunca volverá. Y todo lo expresa el poeta con un lenguaje rico, variado, que hace al lector pensar y meditar sobre su contenido denso e intenso, son unos poemas que invitan a la reflexión, a la meditación y a la profundización de todo lo mucho que manifiesta aunque el contenido sea semejante. Enrique Barrero renueva el lenguaje de sus versos en cada poema aunque reincida en un único tema u objetivo comunicativo, en unos sentimientos parecidos. Y lo hace magistralmente en versos endecasílabos rimados: la métrica de los poemas es el romance heroico, aunque se toma algunas licencias y aparecen versos heptasílabos. Y para terminar el libro escribe un precioso poema en cuartetos y un soneto que contiene una amalgama de símbolos que encierran muchas cosas difíciles de desentrañar y que son una muestra más contundente de la poesía meditativa. Un bello poemario de Enrique Barrero en el que el paso del tiempo juega un papel fundamental y en el que también aparece, de vez en cuando y como consecuencia del paso del tiempo, el tema de la muerte de una forma desgarradora: "No habrá mar cuando duermas bajo tierra", "todavía infancia y luego muerte/ estiércol que en estiércol se convierte/ sombra de sombra, soliloquio mudo". Y como conclusión a este encuentro con la excelente e interesante poesía de Enrique Barrero, unos versos que quizás indiquen lo primordial del libro comentado:

                                        Por qué dejaste al niño ser eterno.
                                        Por qué trizaste espumas en sus manos.
                                        Por qué le regalaste los veranos.
                                        y luego le expulsaste hacia el invierno.

miércoles, 24 de junio de 2020

MI PRIMERA INFANCIA (1)

Nací en Sevilla el veintiocho de octubre del año 1966. Desde que surgió en mi vida la pasión y la ilusión inmensa por escribir y decantarme firmemente por esta actividad artística cuando tenía diecisiete años, siempre he ansiado de que llegara el mágico y decisivo momento de poder redactar con acierto mis memorias. Y comienzo con los primeros años de mi vida, con la que fue mi adorable y encantadora primera infancia, de la que nunca he renegado y que he recordado muchas veces con nostalgia porque fue la etapa más exultante y tierna de mi vida que ya siempre recordaré. Se ha dicho y se ha escrito mucho de que la infancia suele ser el mejor periodo de la existencia, que nunca se disfruta ni se sueña tanto y que todo o casi todo se observa desde una perspectiva de luminosidad y belleza, de fantasía y resplandor que desafortunadamente se pierde cuando llega la edad adulta. Pero la infancia solo la gozan así las personas que tienen ese privilegio de no estar marcadas por la tragedia, como sucede en los países tercermundistas, pues es terrible ver las escalofriantes imágenes y fotografías de las criaturas que nacen y mueren prematuramente y no conocen más vida que la angustia, el hambre y el sufrimiento. Tuve la gran suerte de que mi infancia no fuera así aunque en lo que respecta a mi vida posterior ya los lectores constatarán los cambios y los giros tan estremecedores que experimentaría. De mis primeros amigos guardo buenos recuerdos pues me lo solía pasar muy bien con ellos y vivir toda clase de aventuras y juegos en el barrio de las afueras de Sevilla donde me crié y transcurrieron mis primeros años infantiles. Aunque también sufrí percances en mis vivencias y correrías, la memoria que hoy tengo de aquella etapa es totalmente positiva, pues anduve a mis anchas y gocé de muchas realidades hermosas que tapaban y no me hacían recordar para nada las situaciones negativas que también se me presentaron. El barrio donde vivíamos tenía entornos naturales, charcos y pequeñas lagunas cerca de las cuales circulaban ferrocarriles. Era un lugar idóneo para que los niños disfrutáramos y nos lo pasáramos de maravilla y se dieron todo tipo de circunstancias que hicieron que esta agradable realidad fuera posible. La barriada era muy grande y éramos muchos niños, nos juntábamos en pandillas y nos dedicábamos a jugar a todo lo que surgiera. Mi hermano y yo nos solíamos juntar preferentemente con los amigos más cercanos, aunque conocíamos a otros chavales de otras zonas con los que también nos relacionábamos de vez en cuando. El universo infantil de esta barriada fue por aquellos años muy atrayente para todos, era un lugar en el que los niños pudimos absorber plenamente lo mejor de la vida y deleitarnos con muchos juegos y pasatiempos que nos resultaron sin duda memorables para siempre. Y digo esto no por mí solo, pues un chaval con el que me llevaba muy bien y que siempre lo he considerado una excelente persona, me ha comentado en varias ocasiones, ya siendo mayores, lo extraordinariamente bien que nos lo pasamos de niños. Al mismo tiempo me ha manifestado su tristeza y malestar porque esto se haya perdido y no se vea ni un alma en el barrio, que no exista la alegría de entonces y los niños hoy en día hagan la vida enclaustrados, con los vídeos y los juegos de ordenador y tantos otros inventos de la modernidad que, sin duda, han anulado y acabado con la vieja forma que tenían los benjamines de divertirse. Este amigo de la infancia siente nostalgia y añoranza por aquellos años tan felices y entrañables, y en varias ocasiones hemos comentado la pérdida que significó para todos que se acabara esa etapa que ya ha quedado solamente en el espejo dela memoria, en el triste recuerdo de aquel fascinante mundo desaparecido.

MI PRIMERA INFANCIA (2)

Del colegio donde estudié mis dos años de párvulo conservo también muy buenos recuerdos. Al principio me escapé varias veces y me fui corriendo para mi casa, ante la sorpresa de todo el mundo, alumnos, profesores, familia y vecinos, pero luego me adapté y acudí con normalidad y hasta le cogí gusto y deseo de ir a este colegio pues me lo pasaba muy bien con mis compañeros; no recuerdo peleas ni otros signos de malestar con ellos y la jornadas escolares transcurrieron muy agradables, entretenidas y divertidas. Lo que más me gustó de las clases es cuando la profesora nos sacaba juguetes educativos y disfrutábamos mucho todos los alumnos con estos interesantes y preciosos juegos. Yo vibraba de gozo con estos variados pasatiempos que me sabían a poco y era una actividad con la que se aprendía de forma muy original y placentera, era un método de enseñanza ideal para que los párvulos sintiéramos más atracción por el colegio y adquiriéramos interés e ilusión por aprender. Era una forma genial de iniciar a los niños en el estudio. También recuerdo las cartillas para aprender a leer y a escribir y de cómo teníamos que esperar largas colas para que la profesora nos pudiera dar la lección. Tuve un compañero con el que me divertí, era gracioso y granujilla y voy a contar una anécdota --es la que mejor recuerdo pues de aquellos tiempos no retengo muchas cosas y es por ello por lo que no me puedo extender mucho en este capítulo dedicado a esta mi primera infancia--. Este amiguete le quitó muchos lápices y rotuladores a otro niño y me los regaló a mí con tal de hacerse el generoso. Yo se lo agradecí, me gustaban mucho todos estos colores para dibujar y cuando más contento estaba de que mi amigo me hubiese hecho este gran regalo, lo descubrió el otro y se lo dijo a la profesora. Tuve que devolverle todo a su dueño y no recuerdo bien si el autor de la travesura quedó como el culpable. La vida en este colegio fue muy grata y feliz y en las jornadas de recreo teníamos un espacio muy grande para expansionarnos con toboganes, subesbajas, columpios, etc. Pero esta hermosa realidad que vivía con tanto sabor infantil llegó a su fin cuando a mi padre lo destinaron a Málaga y tuve que romper con el ambiente de amigos y compañeros del que gozaba. Fue un cambio brusco en mis sentimientos de niño, porque yo estaba acostumbrado a esta vida, y aunque Málaga significó para mí una dulce e inolvidable experiencia también, el caso es que el traslado rompió y fastidió enormemente los esquemas y las fantasías de mi mundo infantil.

martes, 23 de junio de 2020

MI PRIMERA INFANCIA (3)

Sentí una impresión muy agradable cuando llegamos a Málaga, pues por entonces la carretera que daba a la ciudad estaba en una de las montañas que la rodean --recuerdo que la llamaban la cuesta de la reina--. Fue muy lindo para mis ojos de niño contemplar asombrado tan espectacular panorámica, tan precioso contraste de ver cómo se bajaba de las montañas hasta el mar y la imagen también tan preciosa de la ciudad, con hermosos edificios y la plaza de toros de la malagueta. Esta sensación que viví la he recordado siempre y el año que estuve residiendo en Málaga fue muy atrayente y enriquecedor para mi espíritu infantil, pues me divertí y me lo pasé muy bien con todos los nuevos compañeros del colegio y de la calle donde viví. Aunque el ambiente de vivencias y relaciones que tuve fue muy feliz, me acordé mucho de todos los amigos que dejé en Sevilla, pues deseaba volver a reencontrarme con ellos y sentí muchas veces amargura y tristeza por haber perdido el mundo infantil que con tanta fascinación y regocijo había vivido en la ciudad donde nací. Pero parecía que yo no me quería dar cuenta de que también la realidad de esta ciudad era muy gozosa y esto estaba siendo un paraíso de sueños y alegrías en todos los sentidos. Y digo esto porque el ambiente de juegos en las calles era muy estimulante y en el colegio resultó igualmente encantador con los compañeros. Y por si fuera poco mi padre nos llevaba por las montañas de Málaga de excursión, conocí pueblos muy hermosos cuya imagen recuerdo, como Mijas, y por supuesto, visitamos bastantes veces la Costa del Sol, que significó para mí un universo de felicidad porque era un ambiente de bienestar y confort el observar tantos comercios, restaurantes, y tiendas de todo tipo en las que se contemplaban tantas bellezas y atractivos turísticos. Recuerdo que casi toda la gente que había era extranjera y justamente con ellos hice muy buenas relaciones, pues fui simpático y gracioso y hasta me dieron dinero y mostraron mucho afecto hacia mí. Por último, fue muy divertido ir en verano a una piscina del club donde trabajaba mi padre y me lo pasé muy bien porque en cuanto a las playas de la Costa del Sol no recuerdo haberme bañado mucho. Y sin embargo, sí me bañé muchas veces en la playa de Málaga capital y no me gustó porque el agua estaba algo sucia y no había apenas gente. También me lo pasé en grande en el parque de atracciones Tívoli, que coincidió que lo inauguraron en 1972, el mismo año que llegué a Málaga con mis padres y hermanos. Dice el refrán que se canta lo que se pierde y yo recordé mucho esta ciudad del paraíso cuando volvimos a Sevilla --al igual que estando en Málaga me acordaba del mundo infantil que gocé en mi ciudad natal--. Pero ya no residiría en el barrio donde tanto disfruté; ahora mi vida sería en un piso en Sevilla, con otras relaciones, tanto en la calle donde jugaba con los nuevos "amiguetes" como en el incalificable colegio donde tendría la desgracia de "estudiar" tantos años. Por ello he decidido escribir un libro exclusivamente dedicado a mucho de lo que sucedió en esa problemática escuela. Pero mi vida con los "otros colegas" de la calle fue también conflictiva y sufrí muchas peleas y percances. Salvo excepciones, las relaciones en general fueron duras y difíciles y el malestar, los disgustos y la violencia eran las notas dominantes en la convivencia, en la que yo casi siempre me llevé la peor parte.

LAS VIDAS EJEMPLARES DE LOS SANTOS

Los santos fueron personas extraordinarias que consagraron su vida a Dios mediante sus constantes buenas acciones. Hicieron una y otra vez el bien a los demás, demostrando su fe y su solidaridad y dando todo lo que podían dar y mucho más por beneficiar al mundo en su paso por la vida, desarrollando todo tipo de actividades por el bien de la sociedad, y en fin, dando muestras de un corazón muy grande y generoso en todos los momentos y circunstancias de su existencia. San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, ya en vida gozó de fama de Santidad, y después de su muerte se extendió por todos los rincones de la tierra, habiendo algunas curaciones médicamente inexplicables que se atribuyen a su intercesión. Cartas de 69 Cardenales y cerca de mil trescientos Obispos pidieron al Papa la apertura de la Causa de Beatificación y Canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. El fundador del Opus Dei fue beatificado en Roma en 1992 y en 2002 canonizado. Sobre San Josemaría Escrivá tengo que decir que hizo un milagro muy evidente con un familiar mío en el año 1980. San Antonio de Padua, santo medieval, el más famoso y popular de toda la Historia de la Iglesia, junto a San José, y extraordinariamente milagroso, hizo conmigo uno muy claro en mi vida literaria, que impidió que yo perdiera la salud y enfermara de angustia y de locura. Resulta que yo llevaba más de ocho años escribiendo el que para mí iba a ser el libro más importante de mi vida. Había tenido que dejarlo varias veces durante todo este largo periodo de tiempo, porque me agobiaba e incluso me afectaba a la salud su compleja y pesada redacción y corrección. En febrero de 2012, llegó un momento en el que yo no podía más e iba a tener que tirar la toalla porque no me quedaba otro remedio. Después de tantos años, tantos esfuerzos descargados y esta obra que era el centro, la obsesión y la razón más grande de mi vida, iba a quedar sin terminar e irse al garete para siempre. Esto iba a suponer para mi vida un drama enorme. No solo por la frustración, sino porque caería enfermo psicológicamente y sabe Dios qué hubiera sido de mí. Yo tenía en la salita de mi casa, que era donde escribía, un almanaque de San Antonio de Padua, que lo había comprado en ese año 2012, que el mes anterior había comenzado. Ante el tremendo malestar que padecía, le recé a este famoso santo y se produjo el milagro. Yo llevaba dos años corrigiendo esta titánica obra que me traía completamente de cabeza y durante ese tiempo había conseguido arreglar la mitad. Después de rezarle a San Antonio, la cabeza se me despejó y un impulso de vitalidad y bienestar me llevó en tan solo tres meses a corregir la monstruosidad que me faltaba y lograr el sueño literario de mi vida, y lo más importante de todo que era que yo no perdiera la salud por esta causa. Quince días antes del día de San Antonio, el 29 de mayo de 2012, yo vi felizmente concluido este gran libro y el día 13 de junio fui a la eucaristía a darle las gracias y desde entonces tengo la costumbre de asistir a todas las misas en el día de este santo. Santa Ángela de la Cruz fundó el instituto de las Hermanitas de la Cruz, aprobado canónicamente por el Papa Pío X y en 2003 fue canonizada. Santa Ángela de la Cruz, a cuyo convento en Sevilla asistí a varias misas y pude ver el cuerpo incorrupto de esta madre santa sevillana y a quien le debo ya varios favores y gracias, es mucha la devoción que le tengo y le tendré siempre. ¡Bendita seas por siempre Santa Ángela de la Cruz, a la que Sevilla y la Humanidad entera te estarán agradecidas!

sábado, 13 de junio de 2020

EL VALOR Y LA ESPERANZA DE LA FE

En el año 1986, yo enfermé de gravedad psíquicamente y fui hospitalizado en el Sanatorio San José de Málaga, de los hermanos de San Juan de Dios. El criminal doctor que me tocó, tras una serie de consultas, me mandó encerrar y someterme a sesiones de torturas durante cerca de un mes, en el que prácticamente no me dieron de comer y me inyectaron y me metieron y me hicieron de todo lo malo que pueda imaginarse. Actitud la de este señor ¿médico? y los enfermeros que me masacraron --eso no se lo hacen ni a los reclusos en las cárceles que han cometido delitos muy graves--, inexplicable, ilegal y totalmente injusta y condenable como delito de prisión a los señores que hicieron cosas así. Porque yo no agredí ni me metí con nadie ni tuve un comportamiento negativo que pudiera justificar que me encerraran durante tanto tiempo y me hicieran de todo. Cuando ya por fin me dejaron en libertad y me fui reponiendo poco a poco después de lo esquelético que estaba y lo destrozado psicológicamente, además de físicamente, tras tantos tratos inhumanos y degradantes sufridos, yo no hice otra cosa que aferrarme a la fe. Y le pedí a Dios que saliera de aquella terrible situación y abandonara aquel maldito lugar para siempre. Y esto tardó en llegar, pero como afortunadamente me cambiaron de médico --el bárbaro anterior me enteré años después que dejó de trabajar en el sanatorio--, y este nuevo doctor era bueno y me mandó acertados tratamientos que me restablecieron, yo al final vi la luz y me dio el alta y volví a mi Sevilla. Y nunca he vuelto a sufrir ninguna recaída ni a estar más hospitalizado y he llevado una vida normal. Pero cuando yo me veía en estas dramáticas circunstancias, solo, sin mi familia, porque yo estaba en Málaga y ellos no sabían nada de lo que me ocurría, y además los tenían engañados, ¿a qué me podía aferrar y a qué recurrir ante esta angustiosa realidad? Yo vi nada más que la solución en la fe y gracias a mis oraciones me fue yendo bien y con el tiempo aquella pesadilla llegó a su final. No solo que aquello se acabara, sino que a lo largo de mi existencia, mi enfermedad psicológica, que fue tremendamente grave, ha ido mejorando cada vez más hasta desembocar en la actualidad en el más absoluto bienestar y salud y gozo y ardientes ganas de vivir. Yo creo de verdad que mi fe me salvó y Dios me ha acompañado siempre desde entonces. Una vida sin fe, para mí es una vida vacía, hueca, sin interés, sin sentido y sin esperanza.